Muchas veces esperamos que nuestras acciones sean vistas, que nuestros esfuerzos sean aplaudidos y que otros valoren lo que hacemos. Cuando esto no sucede, nos frustramos, perdemos el entusiasmo y aquello que comenzamos con ilusión deja de motivarnos y nos desanimamos.

Sin embargo, nuestras obras deben nacer del deseo de agradar a Dios, no de recibir la aprobación de los hombres. Por eso es necesario examinar nuestro corazón y revisar las motivaciones que nos impulsan a servir, dar y hacer el bien.

La Palabra nos enseña que cada semilla produce aquello para lo que fue sembrada. Quien siembra para la carne cosechará corrupción, pero quien siembra para el Espíritu cosechará para el espíritu.

Como hijos de Dios, estamos llamados a perseverar en hacer el bien aun cuando nadie nos vea, nos aplauda o nos agradezca. No permitas que la falta de reconocimiento apague tu entrega ni que la indiferencia de los demás te haga abandonar aquello que el Señor puso en tus manos.

Sigue sembrando y sirviendo con un corazón sincero porque a su debido tiempo llegará la cosecha si no desmayas.

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