La batalla de Palo Hincado, cuya efeméride celebramos hoy, es uno de los episodios más fascinantes de nuestra historia colonial. El 7 de noviembre de 1808, en las cercanías de El Seibo, las fuerzas encabezadas por Juan Sánchez Ramírez derrotaron al ejército francés comandado por el general Jean-Louis Ferrand. La victoria fue decisiva para la Reconquista, que culminaría en julio de 1809 con el restablecimiento del dominio español sobre la parte oriental de la isla.
El arrojo de quienes combatieron en Palo Hincado merece recordarse, aunque los años posteriores a la victoria estuvieron lejos de ser gloriosos. La metrópoli, primero ocupada en resistir la invasión napoleónica y luego sumida en sus propias dificultades, tenía pocos recursos y escasa atención que dedicar a esta media isla. La colonia recuperada entró en el letargo que hoy conocemos como la España Boba. En una de las tantas paradojas de nuestro pasado, una batalla librada para restaurar la soberanía española terminó formando parte de un proceso que desembocaría, trece años después, en la proclamación de independencia de 1821.
Los vencedores de Palo Hincado difícilmente habrían imaginado ese desenlace. A su manera, sin embargo, aquella victoria contribuyó a preservar uno de los vínculos fundamentales de nuestra identidad: la herencia hispánica, que, entrelazada con las raíces indígenas y africanas, forma parte inseparable de lo que somos como dominicanos.
Nadie puede saber cuál habría sido nuestro destino si las tropas francesas hubiesen ganado la batalla de Palo Hincado, pero es razonable suponer que los acontecimientos habrían seguido otros caminos. Hasta cabe conjeturar, con la licencia que permite una mañana de sábado, que este editorial se estuviera escribiendo en francés. Por fortuna para el editorialista, esa hipótesis no exige comprobación.