EL NUEVO DIARIO, MIAMI — Mucho antes de que Jacob Misiorowski y Paul Skenes se convirtieran en atracciones imperdibles de la televisión, existía el cubano José Fernández.

Cada cinco días, el mundo del béisbol generaba gran expectativa en torno al “Día de José”. Había un entusiasmo palpable en el estadio de los Marlins en La Pequeña Habana, que se convirtió en el lugar de moda del deporte en el sur de la Florida.

Desde el momento en que Fernández debutó a los 20 años y 250 días, todos sabían que se trataba de alguien especial.

Era su exuberancia casi infantil, combinada con una naturaleza igualmente competitiva, la rara combinación de alegría de vivir y una clase magistral de pitcheo. Su sonrisa contagiosa y gran personalidad atraían tanto a los aficionados acérrimos del béisbol como a los casuales.

Fernández, quien huyó de Cuba en un bote con su madre cuando era niño, experimentó verdaderas dificultades que hacían que la presión de las Grandes Ligas pareciera fácil en comparación con la vida real. Era el ‘Sueño Americano’ personificado.

“Era una bola de energía”, comentó el excompañero de equipo y actual narrador de Marlins.TV, A.J. Ramos. “Cuando estaba en el clubhouse, lo sabías. Cuando estaba lanzando, lo sabías. Creo que por eso atraía a mucha gente al estadio. Cada vez que estaba en el montículo, traía energía y era entretenido.

“Ése era su superpoder, esa energía, y creo que por eso era tan bueno en el montículo. Porque sí, tenía talento, pero hay mucha gente que tiene talento. Él tenía esta energía simplemente irreal que sentías cuando estaba cerca”.

Hace 10 años este viernes (25 de septiembre del 2016), Fernández, de 24 años, y otras dos personas murieron en un trágico accidente de bote que alteró la historia del béisbol y la franquicia de los Marlins, así como las carreras y perspectivas de vida de quienes lo conocieron.

Ramos recuerda esa fatídica noche de sábado. Después de una victoria sobre los Bravos, Fernández preguntó en el clubhouse si alguien quería salir a American Social, un bar y restaurante popular frente al mar, en su bote. Ramos declinó debido al poco tiempo de descanso para el juego diurno del domingo.

Durante toda la noche, Ramos se sintió inquieto. Finalmente se rindió y entró en la cocina para encontrar que su compañero de apartamento, Giancarlo Stanton, no podía dormir, igual que él.

Horas después, Tom Koehler entró al clubhouse recién salido de la lista de paternidad y rápidamente se dio cuenta de que algo andaba mal. Dentro de la oficina, el dirigente Don Mattingly, el gerente general Michael Hill y el presidente David Samson estaban hablando algo serio.

“Todo el mundo tenía la mirada perdida”, recordó Koehler. “Fue como, ‘Oye, cierra la puerta’. Luego recuerdo que David dijo, ‘Envíales un mensaje a todos los muchachos. Diles que el juego está cancelado. No les digas por qué. Que lleguen aquí lo más rápido que puedan’”.

Ramos se despertó con la noticia a través de su agente. Casi al mismo tiempo, Christian Yelich se enteró y se lo contó a su compañero de apartamento, J.T. Realmuto. Justin Bour descubrió la noticia por el mensaje de texto de Koehler.

Una vez que todos llegaron al parque, se sentaron en silencio formando un círculo dentro del clubhouse y trataron de procesar lo que había sucedido. Samson relató lo que se sabía en ese momento, cómo se desarrollaría el resto del día y qué esperar en el futuro.

El único con experiencia lidiando con algo similar era el veterano Jeff Mathis, cuyo compañero en los Angelinos, Nick Adenhart, falleció en el 2009. El club estaba de repente bajo el microscopio para ver cómo manejaba la situación.

“Simplemente lidias con eso sobre la marcha”, comentó Mattingly. “De verdad, no sabes hacia dónde ir después. No sabes qué hacer. No es como si pudieras escribir un guión de lo que vamos a hacer. Era más bien como escuchar a los muchachos y las cosas que querían hacer. Cualquier cosa que quisieran hacer, yo sentía que estaba bien. Y cualquier cosa que quisiéramos hacer para honrarlo, de la manera que ellos quisieran, sentía que estaba bien”.​

La primera tarea fue tomar un autobús para visitar a la madre de Fernández.

“Ahora que soy padre, ni siquiera me lo puedo imaginar”, confesó Ramos. “Sólo recuerdo no saber qué decir, y saber que no había nada que pudieras decirle. Ella estaba en el dugout para cada juego, su mayor fanática siempre”.

Los Marlins aprendieron que el mundo no se detiene por una tragedia. Con pocas posibilidades de llegar a la postemporada, los Marlins necesitaban disputar sus últimos seis juegos de la campaña antes de tomar caminos separados.

Aún con todos en estado de shock, la muerte comenzó a sentirse real al día siguiente, cuando los Marlins recibieron a los Mets.

El sombrío encuentro incluyó una interpretación en trompeta de “Take Me Out to the Ball Game”, acompañada de un video montaje de Fernández. Todo el personal en el terreno vestía camisetas negras con el número 16 de Fernández. Cada vez que un jugador salía al terreno para los calentamientos previos al juego, los fans se ponían de pie para aplaudir. Antes del primer lanzamiento, los Marlins se reunieron en el montículo y dejaron mensajes. Los Mets compartieron sus condolencias con sus homólogos.

No hubo música antes del juego ni canciones de presentación para los bateadores. El silencio era ensordecedor, hasta que Dee Strange-Gordon hizo creer hasta a los más agnósticos.

Después de imitar la postura de bateo a la derecha de Fernández para el primer lanzamiento del dominicano Bartolo Colón, el primer bateador Strange-Gordon volvió al otro lado de la caja y dos lanzamientos después elevó el pitcheo al segundo piso para su primer jonrón de la temporada y el noveno de su carrera.

Strange-Gordon no pudo contener las lágrimas mientras recorría las bases y cruzaba el plato, cayendo en los brazos de sus compañeros, el quisqueyano Marcell Ozuna y el venezolano Martín Prado, antes de ser consolado dentro de la cueva por el resto del equipo.

“Ésa es una de las cosas más grandes del béisbol que he visto en mi vida”, agregó Yelich, quien estaba en los escalones del dugout. “Tenía la vista perfecta de la bola. Él conectó la pelota y yo me quedé como, ‘De ninguna manera. No hay posibilidad’”.

Mattingly agregó: “Eso me pareció como algo de Dios. Tal vez la gente lo vea diferente, pero es difícil pensar que eso fue al azar. Simplemente ‘pasó’ ese día”.

El cañonero Bour conseguiría el primer triple de su carrera, lanzándose de cabeza en la tercera base y provocando un rugido de la multitud. Ramos, quien fue al Juego de Estrellas con Fernández esa temporada, lanzó un noveno inning en blanco para sellar una victoria por 7-3.

“Ése fue uno de esos momentos que son más grandes que el béisbol”, recordó Bour. “Realmente revelador. No parecía real. Nada de eso lo pareció”.

“Fue uno de los momentos más difíciles que he tenido en el montículo, sólo tratando de no derrumbarme”, comentó Ramos. “Es extraño, porque todos tienen el número 16, y algunos muchachos doblaban la esquina, y tú solo echabas un vistazo como, ‘Oh, José’. Mi mente no quería creerlo”.

“Creo que todos querían ganar esa primera noche de regreso”, apuntó Yelich. “Sabía que íbamos a ganar esa noche, sencillamente porque no podíamos perder. Sabía que íbamos a ganar, y luego después de eso, sabía que íbamos a perder. Pero a nadie le importaba, porque era como si ya hubiéramos terminado”.

Dos días después, los Marlins — vistiendo camisetas blancas con la frase ‘RIP’ (Descansa en paz) y el rostro de Fernández al frente — caminaron junto a su coche fúnebre, que lo transportó desde el parque hasta la iglesia para el funeral. Paredes temporales pegadas en las columnas del estadio permitieron que cualquier persona dejara mensajes de dolor.

Fotos compartidas en las redes sociales mostraron una solitaria nube de lluvia suspendida sobre el estadio. Otras capturaron un arcoíris terminando allí.

Después de su derrota por 5-2 ante los Mets más tarde ese día, los Marlins volaron a Washington para cerrar la temporada — pero no sin antes tener una cena del equipo esa noche que sirvió como una celebración de vida.

“Incluso cuando pienso en ello ahora, todavía vive en mí como una lección para decirles a las personas a tu alrededor que las amas, porque nunca sabes cuándo será la última vez que hables con ellas”, dijo Ramos. “No esperas que eso le pase a una persona como José Fernández”.

El fallecimiento de Fernández tuvo ramificaciones inmediatas en los Marlins.

Con la esperanza de complementar a su núcleo joven de Yelich, Stanton, Strange-Gordon, Realmuto, Bour y Ozuna, los Marlins firmaron al veterano dominicano Edinson Vólquez y cambiaron a tres prospectos, incluyendo a su compatriota Luis Castillo, por Dan Straily para suplir la rotación.

Stanton se convertiría en el primer JMV de la Liga Nacional de la franquicia la temporada siguiente, y Ozuna también presentó un fuerte caso para el JMV. Strange-Gordon batearía .308 y lideraría las Mayores en robos. Bour empalmó 25 jonrones, mientras que Yelich y Realmuto se combinaron para otros 35 vuelacercas.

Pero los Marlins terminaron segundos en el Este de la Liga Nacional con récord de 77-85, perdiéndose la postemporada por 14ta temporada consecutiva.

“Es simplemente un vacío difícil de llenar, especialmente en Miami”, reconoció Mattingly. “No es como si fueras a salir y firmar a tres agentes libres. Tenías que hacerlo a través de un cambio o de alguna manera, o tus muchachos jóvenes tenían que dar un paso al frente y cosas así. Ahí es donde terminas deshaciéndote de algunos jóvenes que son bastante buenos en liga menor que si probablemente te mantienes firme, estarías mucho mejor un año después”.

Agregó Koehler: “Todos quieren fingir que podíamos simplemente seguir adelante y jugar, pero estás reemplazando a alguien que nadie esperaba que fuera reemplazado. Todos esperaban que él estuviera allí para siempre”.

Aunque han pasado 10 años, el impacto de Fernández sigue vivo.

Mattingly recordó haber conversado con Fernández sobre su deseo de convertirse en un líder, pero también de que necesitaba hacer un esfuerzo y dar el ejemplo. Un Fernández lloroso terminó desahogando algunos problemas personales con Mattingly.

“Uno se convierte en un padre hablando con su hijo en lugar de un manager hablando con un jugador, y ésa es simplemente esa emoción de él”, relató Mattingly. “Lo que estaba pasando lo llevaba a flor de piel y cosas así. Te hace prestar atención a los muchachos y tratar de entenderles y lo que está pasando con ellos”.

Bour, quien también perdió a su compañero en los Angelinos, Tyler Skaggs, en el 2019, aprendió la naturaleza precaria de la vida. Tiene la camiseta de Fernández, su bate y fotos de ese juego de los Mets en su oficina.

“Estando en el desarrollo de jugadores y cerca de peloteros talentosos, pienso en el talento que tenía José”, comentó Bour, quien trabaja para los Cerveceros. “Ves pequeñas chispas de muchachos con mucha energía y empiezas a pensar, ‘Oh, este chico tiene un poco de José en él’ o algo así”.

Independientemente de con quién hables de los Marlins del 2016, tres palabras siempre surgen cuando miran atrás a ese momento traumático: “¿Qué hubiera pasado?”

El propietario Jeffrey Loria finalmente acordó un trato para vender el equipo en agosto del 2017. En dos años, Yelich, Stanton, Ramos, Ozuna, Bour y Realmuto habían sido cambiados.

Desde entonces, Yelich se ha convertido en JMV de la Liga Nacional y el rostro de los Cerveceros. Stanton se unió a Aaron Judge en El Bronx y se ha convertido en uno de los jugadores más oportunos en postemporada de todos los tiempos. Mattingly, quien ayudó a los Marlins a romper una larga sequía de playoffs en el 2020, se reunió con Realmuto esta temporada en Filadelfia.

“Después de eso, sabíamos hacia dónde se dirigía todo”, dijo Yelich. “Hubiera sido bueno que hubiéramos podido ver cómo se desarrollaba. Me gustaría por su familia, obviamente, que no hubiera sucedido, y por las otras vidas que se perdieron. Simplemente una de esas trágicas historias del béisbol”.

 

La entrada La huella de José Fernández perdura en Miami a 10 años de su muerte se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).

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