Si lo que aprendimos en la escuela, en el hogar, en el vecindario y en nuestras lecturas nos ha ayudado a diferenciar la certidumbre de la incertidumbre, tenemos un tesoro que debemos preservar. Ese conocimiento sirve para afrontar las falsedades y mentiras que nos llegan a través de las redes.

Antes de la era digital había que recordar teléfonos, direcciones, fechas, nombres y conceptos. Había que leer un libro completo y estudiar para comprenderlo. Hoy podemos preguntarlo todo y obtener una respuesta en segundos.

Es posible que estemos dejando de aprender porque tenemos demasiadas respuestas al alcance de la mano.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, paradójicamente, podríamos estar haciendo menos esfuerzo por conservarla. La comodidad es indiscutible, pero también existe un riesgo. No es lo mismo tener acceso al conocimiento que haber aprendido.

Lo aprendido requiere esfuerzo, comprensión y permanencia. Se convierte en parte de nosotros cuando podemos utilizarlo para interpretar una situación, resolver un problema, reconocer un error o relacionar cosas que no parecen conectadas. Nuestro aprendizaje es un patrimonio que acumulamos durante toda la vida.

Está en los libros que leímos, en lo que estudiamos, en las conversaciones que nos hicieron cambiar de opinión, en las experiencias y hasta en los errores. Ese patrimonio necesita cuidado.

La inteligencia artificial ha propiciado esta preocupación. Es una gran herramienta y puede ayudarnos a aprender más y mejor. El problema aparece cuando dejamos de utilizarla como apoyo y preferimos usarla como sustituto de nuestro pensamiento.

Si una máquina puede recordar, escribir, calcular y buscar por nosotros, existe la tentación de dejar de ejercitar esas capacidades. Y las facultades que no se ejercitan se atrofian.

No se trata de rechazar la tecnología ni de competir con una máquina en velocidad o memoria. Se trata de conservar aquello que nos permite utilizar inteligentemente las herramientas: criterio, comprensión, memoria, experiencia y capacidad para cuestionar una respuesta, incluso cuando venga de la IA.

Sigue siendo importante leer, escribir, conversar, estudiar, enseñar lo que sabemos y, de vez en cuando, intentar resolver algo sin acudir a una pantalla. También debemos recuperar el placer de recordar una idea, una historia, una lección o una conversación.

El desafío de esta época quizá no sea aprender cada vez más, sino impedir que la abundancia de información nos haga olvidar el valor de lo aprendido.

He comentado en algunas de mis entregas que, siendo joven, un amigo que leía mucho decía que no era verdad todo lo que aparecía en los libros. Hoy agregaría que tampoco debemos aceptar sin examen todo lo que aparece en la inteligencia artificial.

La semana pasada una IA me dijo que no estaba comprobada la llamada “isla de plástico” del Pacífico, ni que el plástico pudiera tardar entre cien y mil años o más en degradarse. La llamada Isla de Plástico no es un isla sólida, pero sí una zona del Pacífico donde las corrientes concentran residuos plásticos. Sobre la degradación, depende del material y de las condiciones ambientales, y muchos plásticos persisten durante siglos o se fragmentan en microplásticos.

Ese episodio me recordó algo esencial: ejercer el pensamiento crítico no consiste en desconfiar de todo, sino en verificar, comparar y conservar conocimiento para reconocer cuándo una respuesta merece ser cuestionada. Eso también hay que atesorarlo.

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