Hablábamos de inteligencia artificial durante un almuerzo cuando salió a relucir una decisión del alcalde de Nueva York. Mi interlocutor me dijo que no seguía demasiado lo que hacía porque le parecía populista.

Mi primera sospecha fue ideológica.

—¿Y Alexandria Ocasio-Cortez?

—Todavía más populista.

—¿Bernie Sanders?

—No tanto.

Aquello complicaba mi teoría. Y, peor aún, planteaba un problema bastante más personal. Últimamente he desarrollado cierta fascinación por políticos de otros países que, según aquella definición que ese día me compartió mi amigo, parecían tener algún grado de populismo.

Por un momento pensé que quizás tenía una inexplicable debilidad por los populistas. Pero luego me di cuenta de algo: casi todo lo que sabía de muchos de ellos lo había conocido a través de las redes. Es más, durante un tiempo mi feed estuvo prácticamente tomado por esos “nuevos políticos” y sus “nuevos estilos”.

Por lo que me surgió la pregunta: ¿las redes sociales nos están dando más políticos populistas o están haciendo que más políticos aprendan a comunicarse como ellos?

La diferencia importa.

Las redes no inventaron el populismo —aunque el populismo siempre entendió muy bien el poder de la comunicación—, pero sí construyeron un ecosistema particularmente hospitalario para algunas de sus características. Las investigaciones sobre populismo digital llevan años analizando la personalización del líder, la intensidad emocional, el antagonismo y esa relación aparentemente directa entre el político y sus seguidores.

Eso no significa necesariamente que tengamos más políticos populistas. Quizás características que, casualmente o no, funcionan extraordinariamente bien en plataformas que compiten por una cosa cada vez más escasa: nuestra atención.

Y los políticos, como cualquier especie que pretende sobrevivir, se adaptaron al hábitat.

Antes, entre ellos y nosotros estaban los partidos, los periódicos, los periodistas y los editores. Internet prometió eliminar esos intermediarios. Yo misma dediqué un par de artículos a casi celebrar ese “hackeo” de la política. En Los ingenieros del caos, Giuliano da Empoli describe a Italia como laboratorio de esa transformación: movimientos como el 5 Estrellas entendieron temprano que internet servía no solo para comunicar, sino para organizar, movilizar y establecer una relación directa con “el pueblo”.

La promesa era la desintermediación.

Pero la historia dio otra vuelta. Hoy podemos conocer a un político extranjero sin haber leído jamás su programa, escuchado un discurso completo o abierto el periódico de su ciudad. Nos bastan sus mejores treinta segundos. De alguna manera, consumimos ideología envuelta en una estética.

Consumimos la respuesta contundente, el enfrentamiento, el gesto, el video perfectamente recortable. Y como las plataformas aprenden de aquello que consigue mantener tenemos más políticos que entendieron que algunos códigos de la comunicación populista son extraordinariamente eficaces dentro de la economía de la atención. Después de todo, ellos también entendieron contra cuántas cosas tienen que competir para conseguir que dejemos de hacer scroll.

Y no tendría sentido reprochárselo. La política siempre se ha adaptado a los medios de su tiempo. Ignorar las reglas de la atención sería incompetencia estratégica. Pero obedecerlas sin límites puede convertirse en irresponsabilidad política.

Porque la tecnología no obliga al político a simplificar hasta deformar, a polarizar para movilizar o a convertir cada adversario en enemigo. Crea incentivos. Y quizás la responsabilidad política comienza precisamente ahí: en decidir hasta dónde estamos dispuestos a adaptarnos a ellos.

Entender el medio no sustituye la estrategia política; es parte de ella. La política necesita contenido. El problema comienza cuando producimos contenido para sustituir la política.

Al final, mi preocupación dejó de ser si me atraían los políticos populistas. Era bastante más incómoda.

Si aquello que captura más fácilmente nuestra atención también puede ser aquello que más nos divide, ¿hasta dónde debería adaptarse la política para conseguir que sigamos mirando?

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