En la Habana y provincias la escasez campea. Sin embargo, la inventiva forjada durante décadas de bloqueo inhumano le permite sobrevivir con lo mínimo, reciclando hasta el último recurso útil.
Vivir así es frustrante, agotador y humillante, especialmente cuando las carencias se deben a las disposiciones impuestas por un imperio que desprecia el derecho de los pueblos a escoger su destino. Portaviones, buques de guerra y la tecnología militar más avanzada para impedir que lleguen medicinas, alimentos, combustibles y mercancías, pese a ello, Cuba resiste. ¿Cómo no sentir dolor y rabia ante tanta crueldad contra personas nobles, trabajadoras, productivas, creativas y solidarias? ¿Cómo permanecer indiferente ante los niños (as) con cáncer que mueren sin los medicamentos necesitados? ¿Cómo vivir, reír y dormir en paz sabiendo que miles de personas mayores y nonagenarios carecen de alimentos y de atención sanitaria básica? El relacionamiento de las naciones latinoamericanas con el imperio norteamericano y los países del viejo mundo es desigual. El presidente Donald Trump y los disidentes cubanos en su Gobierno pensaron que, al redoblar el bloqueo, el pueblo que optó por el socialismo sucumbiría. Se equivocaron, resisten los abusos. Quienes han ido a Cuba en este período se asombran del contraste de la sociedad castigada, pero no vencida, paupérrima, pero no sumisa. Todo por haber decidido ser república socialista tras despojarse de la “democracia” impuesta desde Washington después de independizarse de España.