Los seres humanos no nacen predestinados, ni marcados, ni asignados para ninguna función o rol en la vida, y, menos, en la política. Literalmente, un político no nace, se hace, se construye entre circunstancia, contexto histórico-económico, entre coyuntura y condicionante que, posibilitan o crean los momentos para que un hombre o mujer, debido a su temperamento, carácter, inteligencia, habilidades y destreza tome decisiones y fluya como un líder.
La política no es suerte, es posiblemente una combinación entre intuición, preparación y el momento en la toma de decisiones. Es decir, sabérsela jugar, pero tener bien claro los propósitos, motivos, objetivos y razones de los cómo, los por qué y el para qué del poder.
Ahora, las determinantes en política no son el carisma, la gran oratoria, las grandes causas, el predestinismo ni las sucesiones del poder. Lamentablemente, la tecnología, el saber conectar, construir empatía cognitiva y emocional con la sociedad y crear las condicionantes sociales, pero sobre todo, se debe aprender a descubrir necesidades, crear miedos, manipular y provocar detonantes y carencias de una población vulnerable que, se alimente de la inmediatez, el entrenamiento y los temores, creando tendencias en la toma de decisiones electorales, y condicionando el pensamiento y las emociones en los votantes indecisos y fluctuantes. Diríamos que así se construye un político en la posmodernidad, con el algoritmo, la publicidad, el mercado y las nuevas plataformas digitales.
Sin embargo, el político se construye con otros indicadores perdurables, visibles y no transferibles que, marcan la diferencia del resto de sus pares: la identidad política, la historia personal, la coherencia, la ética y la integridad, el conocimiento, la reputación y la trayectoria de vida.
Sabemos que la post-verdad, la crisis de identidad, el relativismo ético, el pragmatismo y los hábitos populista y clientelar, han construido una “ciudadanía en déficit” desconectada, entretenida y gratificada por lo simple, lo ligero y lo banal, pero, recompensada en los circuitos cerebrales dopaminérgicos, en las necesidades corto-placista, placereada y de gratificación inmediata.
El político que se construye con causas, razones sociales y existenciales, históricas y trascendentes, su mirada es de largo alcance. Los propósitos y las razones del poder son diferente y distantes del político manipulador, disimulador y egocéntrico que, busca el poder como parte de su ego, su codicia, su enfermedad o patología personal o social.
Abrahán Lincoln lo decía con mucha propiedad: “Casi todos los hombres pueden tolerar las adversidades, pero, si realmente quieres poner a prueba el carácter de un hombre, dale poder”.
Temperamento, carácter y personalidad, influyen en la estructura del político, junto a su inteligencia, diciplina, motivación y prudencia en el manejo asertivo de la conflictividad política. La combinación del temperamento flemático-sanguíneo, junto al carácter tranquilo, sereno, empático y enérgico, van determinando la personalidad del político para lidiar con las circunstancias, el contexto y las intrigas del poder.
El político de siglo XXI se enfrenta a las incertidumbres y adversidades de los riesgos y desastres naturales, migraciones, al mundo bélico y de confrontaciones que, ponen en riesgo la economía, el crecimiento y la estabilidad, pero también, a los problemas demográficos, las desigualdades y exclusiones, la corrupción y el crimen organizado, a la construcción del bienestar social y la paz.
Aunque se dice que los pueblos paren los políticos que se merecen, también los pueblos aprenden a deshacerse de los malos políticos.