Hainan Reynoso Uribe

Una tienda se incendia y, mientras los bomberos luchan contra las llamas, algunas personas aprovechan el caos para cargar con mercancías.

Un camión vuelca en una autopista y, aunque puede haber heridos esperando auxilio, parte de quienes llegan primero se concentra en recoger la carga. Otros, en cambio, socorren a las víctimas, llaman a los organismos de emergencia o intentan proteger sus pertenencias.

¿Qué provoca que ante una misma tragedia unos reaccionen con solidaridad y otros vean una oportunidad para obtener un beneficio? ¿Ha cambiado la sociedad dominicana o los teléfonos celulares y las redes sociales simplemente colocan ahora ante nuestros ojos comportamientos que antes tenían menos visibilidad?

Desde disciplinas diferentes, el psicólogo social Julio Valeirón y el sociólogo Cándido Mercedes encuentran un punto de partida común: para comprender estos episodios hay que mirar lo que ocurre con el individuo cuando pasa a formar parte de una multitud.

Valeirón lo explica mediante la desindividualización. En determinadas situaciones de masa, sostiene, la identidad personal pierde fuerza y el individuo comienza a actuar conforme a lo que observa en todo el grupo.

“Tú pierdes tu identidad personal, tú estás actuando como masa”, afirma. La conciencia individual y los valores que normalmente regulan el comportamiento pueden quedar momentáneamente relegados frente a una nueva referencia: lo que hacen los demás.

Mercedes describe un proceso semejante desde la sociología. Habla de “contagio emocional” y “anonimia”. Cuando una persona observa que otras comienzan a apropiarse de mercancías en medio de un incendio o accidente, puede sumarse bajo la percepción de que su actuación se diluirá dentro del grupo y no tendrá consecuencias. “El ser humano se despersonaliza”, explica.

Mercedes hace, sin embargo, una precisión fundamental: explicar sociológicamente un comportamiento no significa justificarlo. La tarea, señala, consiste en comprender por qué ocurre.

El comportamiento de los demás puede convertirse rápidamente en referente. Si uno comienza a cargar mercancías y después lo hacen cinco, diez o veinte personas, lo que inicialmente era percibido como una transgresión puede empezar a presentarse ante algunos como una “oportunidad”.

Valeirón relaciona ese proceso con el contagio social. Dentro del tumulto, la persona puede sentirse anónima y diluir su responsabilidad en el colectivo. Mercedes coincide en que durante determinados fenómenos colectivos la emocionalidad puede desplazar la racionalidad.

De ahí que ambos análisis obliguen a mirar más allá de la explicación simplista de que quienes saquean son necesariamente delincuentes habituales. Una persona que jamás tomaría un objeto ajeno en circunstancias ordinarias puede, dentro de determinadas dinámicas grupales, cruzar límites que normalmente respetaría.

Eso no significa que todos reaccionen igual. Los propios especialistas resaltan la importancia de los valores, la formación y los referentes personales. Ante el mismo camión volcado, alguien se apropia de la carga y otro corre a auxiliar al conductor.

¿Es la pobreza?

Otra coincidencia entre Valeirón y Mercedes es que la pobreza no determina el saqueo. Valeirón admite que frustraciones acumuladas por la falta de oportunidades pueden influir, especialmente en sectores empobrecidos, pero rechaza convertir las carencias económicas en una causa inevitable de una conducta delictiva.

Recuerda una familia extremadamente pobre que conoció cuando vivió en Los Guandules. El padre sobrevivía del chiripeo y la madre era lavandera. Pese a las privaciones, se propusieron que sus tres hijos estudiaran y los tres llegaron a ser profesionales.

Un día, aquella mujer apenas tenía un litro de leche para alimentar a su familia y compartió la mitad con una vecina que no tenía qué comer. “A pesar de la pobreza, hay valores”, resume Valeirón.

Mercedes es igualmente categórico: “La mayoría de los pobres son decentes, son dignos”. Pobreza, desigualdad, exclusión y falta de oportunidades pueden crear frustraciones y aumentar las tensiones, pero no existe una relación inevitable entre la carencia económica y la apropiación de lo ajeno.

El sociólogo recuerda, además, que en episodios de saqueo se ha observado a personas llegar en vehículos para llevarse electrodomésticos u otros bienes. Las conductas destinadas a obtener beneficios indebidos, sostiene, pueden encontrarse en cualquier estrato social, aunque adopten manifestaciones diferentes.

El peso de la impunidad

Si la pobreza no basta para explicar el fenómeno, ambos especialistas colocan la impunidad entre los elementos de mayor preocupación.

Cuando una persona observa repetidamente que transgredir las normas no genera consecuencias, advierte Valeirón, las restricciones individuales pueden debilitarse. Lo excepcional corre entonces el riesgo de incorporarse al catálogo de comportamientos socialmente posibles.

Mercedes coincide en que la falta de consecuencias alimenta la transgresión. Si otros lo hacen y nada ocurre, el individuo encuentra una justificación adicional para incorporarse al grupo. “La impunidad es el principal motor para la delincuencia”, advierte el sociólogo.

El psicólogo social Julio Valeirón, del Intec y el sociólogo Cándido Mercedes, de la UASD.

La anomia social

A ese escenario agrega la anomia social, entendida como la inobservancia de las normas y las leyes. En medio de un incendio, accidente u otro episodio colectivo, sostiene, esa anomia puede agudizarse y facilitar que el individuo entre en una dinámica que desemboque en actuaciones delictivas.

El problema, por tanto, trasciende el instante en que alguien levanta una caja de mercancías de la carretera. Remite también a la relación cotidiana de los ciudadanos con las normas, las instituciones y las consecuencias de incumplirlas.

La cohesión social

Mercedes coloca otra pieza sobre la mesa: el debilitamiento de la cohesión social. Recuerda los tiempos en que en muchos barrios una familia cocinaba y compartía parte de los alimentos con sus vecinos.

Hoy, contrapone, una persona puede residir durante años en un lugar sin conocer siquiera a quien vive en la casa o apartamento contiguo.

La cohesión social implica vínculos, cooperación y sentido de pertenencia. Su debilitamiento, considera, forma parte de un contexto más amplio de deterioro de la convivencia y pérdida de referentes.

Valeirón dirige la mirada hacia los primeros espacios de socialización. La familia, sostiene, tiene un papel fundamental en la formación del respeto, la solidaridad y el reconocimiento del otro. La escuela debe reforzar esos aprendizajes y no limitarse a transmitir conocimientos académicos, también debe formar ciudadanía.

Lo que hacen los adultos

Valeirón apela a la teoría del aprendizaje social de Albert Bandura para recordar que buena parte de las conductas se aprende mediante los modelos.

Un niño puede escuchar que apropiarse de lo ajeno está mal, pero si observa adultos haciéndolo sin consecuencias recibe simultáneamente una enseñanza mucho más poderosa.

Mercedes llega a una conclusión semejante: los seres humanos aprenden de su entorno y reproducen los referentes que encuentran en él.

La reproducción incesante

Los celulares han permitido documentar saqueos colectivos que décadas atrás posiblemente habrían quedado circunscritos al lugar donde ocurrieron. Pero la exposición repetida de esas imágenes plantea otra interrogante: ¿solo hacen visible el fenómeno o también pueden contribuir a normalizarlo?

Mercedes reconoce que las redes democratizaron el acceso a la información, pero advierte que la reproducción incesante de un mismo episodio puede amplificar su impacto y crear una percepción distorsionada de su frecuencia.

Valeirón también alerta sobre la reiteración de las imágenes de violencia y vandalismo. Si el espacio público está dominado por esos referentes, plantea, existe el riesgo de contribuir involuntariamente a su normalización.

Por eso reclama otra mirada desde los medios de comunicación. “Hacer las cosas bien debe ser noticia también”, concluye.

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