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Notificamos que no somos tecnólogos, sin embargo, han transcurrido más de dos décadas dedicados de modo parcial al estudio de los avances de la tecnología sustentado en fuentes de consultas de alto nivel como MIT Technology Review, Stanford, The Economist, Foreign Affairs, entre otras, tratando con las mismas de construir una opinión adecuada sobre un tópico que gravita de modo determinante en la sociedad contemporánea.

La inteligencia artificial pasó de ser una promesa a un motor de la economía mundial. La irrupción de sistemas generativos como ChatGPT, Gemini o Claude transformó el trabajo, el estudio y la toma de decisiones, desatando una carrera global por el control de la infraestructura tecnológica: chips avanzados, centros de datos, redes eléctricas y grandes volúmenes de datos.

Gigantes norteamericanos como Microsoft, Amazon, Google, Meta, Nvidia y OpenAI han multiplicado sus inversiones para desarrollar modelos más potentes, proyectando desembolsos de cientos de miles de millones de dólares solo para este 2026; por otro lado, China está haciendo inversiones igualmente dramáticas, logrando grandes avances en el sector de la Inteligencia Artificial.

Algunos analistas comparan el auge de la IA con la burbuja puntocom de los años noventa, pero la analogía tiene límites. Mientras que el puntocom se basó en modelos insostenibles, la IA ya cuenta con una demanda real y aplicaciones concretas en sectores clave como las finanzas, la salud, la defensa y la gestión empresarial.

Aun así, los riesgos persisten. El entusiasmo inversor genera sobrevaloraciones, expectativas exageradas y una enorme presión para justificar gastos multimillonarios. Por eso, el dilema actual no es si la IA es útil, sino si su ritmo de inversión y su capacidad de monetización serán sostenibles a largo plazo.

La IA puede acelerar investigaciones, optimizar procesos productivos, mejorar diagnósticos médicos, personalizar los aprendizajes y elevar la eficiencia de empresas, gobiernos e instituciones educativas.

Su potencial transformador alcanza prácticamente todos los sectores de la vida económica y social. Si tuviéramos que elegir un solo sector, la salud y la investigación científica es donde la IA está logrando los avances más extraordinarios e históricos para la civilización. Sin embargo, el área corporativa y de servicios es donde la transformación ha sido más rápida, visible y económicamente disruptiva para el día a día de millones de profesionales.

Pero no estamos exentos de riesgos. La IA también puede concentrar poder económico en pocas corporaciones, profundizar la dependencia tecnológica de los países con menor capacidad de innovación propia y redefinir las reglas de la competencia mundial en favor de quienes controlan los datos, los chips, la infraestructura digital y los modelos avanzados.

Para las economías en desarrollo, el reto es doble: evitar ser espectadores pasivos y consumidores dependientes de infraestructura ajena. El futuro está en las decisiones estratégicas actuales que aseguren que esta innovación sea un catalizador de equidad y no una brecha insalvable.

(Investigador colaborativo: Diógenes Santos).

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