Desde afuera, República Dominicana es una postal de arena blanca y agua turquesa. Punta Cana vende el sueño, y ese sueño le ha dado al país miles de millones en turismo.

Pero adentro, en las calles donde realmente vivimos, la postal se rompe. Y ese es el problema de fondo: tenemos una marca país que se exporta muy bien, pero que no representa a quien la habita.

Una campaña de marca país no puede ser solo un logo bonito y un comercial en Times Square. Tiene que nacer del gobierno, sí, pero con los pies puestos en la realidad diaria del dominicano de a pie. Porque mientras venden playa afuera, aquí adentro seguimos peleando por lo básico.

Hablemos con números, no con quejas sueltas. República Dominicana genera más de 11,000 toneladas de residuos sólidos al día, y la impunidad por ensuciar la calle es casi total: no hay multa, no hay consecuencia, no hay quien la haga cumplir.

Mientras tanto, solo el 17% de los hogares dominicanos recibe agua seis o siete días a la semana, según la encuesta ENHOGAR 2024. El resto negocia con el líquido: un día sí, varios no. Y aun así, en esa misma calle donde el agua no llega, funcionan con total normalidad lavaderos móviles improvisados.

La contradicción no necesita explicación: si no hay agua suficiente para las casas, ¿de dónde sale la que se usa para lavar carros en la esquina? Esa imagen, tan cotidiana que ya ni la cuestionamos, es exactamente el tipo de cosa que un dominicano en el extranjero no ve, pero que un dominicano en su barrio vive todos los días.

Pagamos impuestos —ITBIS, renta, cada compra, cada factura— y a diferencia de otros países, aquí no existe una cultura real de reembolso o retorno visible de ese dinero en servicios que se sientan.

El ciudadano paga, pero no ve. Y cuando no se ve el retorno, se rompe la confianza. No es que el dominicano no quiera aportar; es que aporta sin garantía de que ese aporte vuelva en forma de agua, calles, seguridad o educación digna.

Y ahí llegamos al punto que más rabia da. Los maestros, que forman generaciones completas, y los policías, que se supone nos cuidan la vida, ganan menos que muchos funcionarios y autoridades públicas que ni redactan bien un discurso.

Los números lo confirman: un diputado dominicano devenga un sueldo base fijo de RD$320,000 brutos mensuales, monto al que se suman dietas, viáticos y gastos de representación que, según reportes periodísticos, pueden llevar el ingreso mensual real por encima de los RD$300,000, sin contar exoneraciones de vehículos, choferes y personal de apoyo pagado con fondos públicos.

Mientras tanto, el salario promedio de un maestro de primaria en el sistema público ronda los RD$63,399 mensuales, y los recién contratados en el sector pueden empezar ganando bastante menos que eso.

La brecha no es de opinión: es aritmética. Y esa aritmética le dice a cada maestro y a cada policía, todos los días, cuánto vale su trabajo para el Estado comparado con el de quien legisla.

Cuando un político sube a una tarima a hablar de “la Dominicana que soñamos”, muchos sentimos que habla de otro país. Uno que no tiene los apagones que tenemos nosotros, ni la fila del colmado, ni la preocupación de si el agua llega este fin de semana.

Esa desconexión es, quizás, la herida más profunda de todas: no es solo material, es de representación. La gente no necesita que le repitan que somos un país maravilloso; ya lo sabemos, lo vivimos, lo amamos.

Lo que necesita es sentir que quien gobierna vive, aunque sea un poco, la misma realidad.

Por eso digo, la verdadera marca país no se construye con un eslogan para el turista extranjero. Se construye primero puertas adentro, resolviendo lo básico, dignificando a quien enseña y a quien protege, y devolviéndole al ciudadano la sensación de que su impuesto sí vuelve.

Una campaña de marca país liderada por el gobierno, pero honesta, empezaría reconociendo el dolor antes de vender la sonrisa. Porque no hay imagen internacional que resista la contradicción de un pueblo que ama su tierra, pero que ya no confía en quien la representa.

La marca país empieza por casa. Y en casa, todavía nos falta agua.

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