No hablo solo de edad.
Hablo de una generación política: una camada biográfica y mental que atraviesa gobierno, oposición, instituciones, medios y organizaciones sociales.
El cambio de 2020 no fue solo una sustitución electoral. Fue una sacudida social: hartazgo acumulado, gente en la calle, un país diciendo que el poder no podía seguir funcionando igual.
Pero muchos no lo entendieron así.
Donde el pueblo vio una ruptura, muchos vieron una puerta. Donde había un mandato histórico, vieron acceso. Donde había transformación, vieron reparto de espacios.
Por eso llegaron al Estado, pero no necesariamente llegaron al país.
Pocas generaciones políticas han tenido tantas herramientas para entender la realidad dominicana y tan poca hambre de pensarla: títulos, consultores, encuestas, redes y acceso al mundo.
Lo tienen casi todo.
Excepto una idea propia.
Prometieron renovación, modernidad y relevo. Pero mientras más espacios ocupan, más se parecen a aquello que decían venir a superar.
No solo heredaron los vicios del pasado. Heredaron sus códigos, sus lealtades, sus mañas, sus formas de obedecer, aparentar y repartir.
Hasta sus ambiciones parecen recicladas.
No sustituyeron una cultura política. La ocuparon.
Como si el poder fuera una casa vieja donde nadie quiere tumbar paredes, sino encontrar la habitación más cómoda.
No todos caben en el mismo retrato. Hay constructores y ocupantes, gente que entiende el poder como responsabilidad y gente que solo lo entiende como acceso. Pero el tono dominante de esta camada ha sido demasiado pobre para el tamaño del momento que recibió.
No fundaron una época. Se instalaron en la que otros construyeron.
Saben posicionarse, leer el ánimo del jefe y fabricar una imagen. Repiten la palabra narrativa hasta dejarla sin sangre.
Pero parecen incapaces de responder la pregunta elemental de toda vida pública seria:
¿Para qué?
Confundieron carrera con destino.
Acceso con liderazgo.
Visibilidad con influencia.
Pertenecer con haber construido.
No solo carecen de grandeza. La miran como imprudencia: tener una idea propia parece peligro; soñar con un país distinto, amenaza.
La grandeza exige pagar precios. Esta generación prefiere administrar ventajas.
Las generaciones anteriores tuvieron defectos enormes: autoritarismo, corrupción, arrogancia, caudillismo. Pero, para bien o para mal, tenían una idea de país. A veces luminosa; otras, equivocada o perversa. Pero una idea al fin.
Bosch tenía una idea de país.
Balaguer también.
Peña Gómez, Leonel e Hipólito, cada uno a su modo, sabían dónde estaban parados.
¿Qué cree esta generación política?
La respuesta tarda demasiado.
Cuando una generación política no sabe qué cree, termina creyendo en su propia carrera.
Cuando deja de discutir futuro e ideas, discute posiciones y espacios. Cuando deja de construir país, termina construyéndose a sí misma.
Usa el país como fondo, no como destino.
No llegaron sin país por falta de visión, sino porque no entendieron el país que los llevó hasta ahí.
La historia suele ser más cruel que los adversarios. Los adversarios atacan. La historia compara.
Y esta generación no será recordada por sus errores ni por sus escándalos, sino por algo más difícil de perdonar: tuvo todas las herramientas para construir una época propia y terminó administrando los restos de las anteriores.
No fueron derrotados por sus adversarios.
Fueron derrotados por su propia pequeñez.
El futuro llegó.
Y no lleva su firma.