El PRM acaba de reabrir su padrón para recibir militantes y, al mismo tiempo, Chú Vásquez anda repartiendo certificados de ADN partidario. Es casi enternecedor.
En El Sol de la Mañana cuestionó la trayectoria orgánica de David Collado. Yayo Sanz Lovatón llamó al programa para recordarle que el propio Chú había colaborado en la campaña que llevó a Collado a la Alcaldía del Distrito Nacional en 2016. David evitó la pelea: «Estoy concentrado en ser ministro de Turismo».
Chú puede respaldar a Carolina Mejía sin rebajar a David. La experiencia partidaria es un mérito, no un título de propiedad. ¿Tendrán los jóvenes del PRM que disculparse por haber nacido demasiado tarde para participar en la fundación del partido?
Mientras el PRM discute su árbol genealógico, la oposición se drena a sí misma. Lo del PLD parece más un ejercicio de espiritismo electoral que de oposición. Leonel conserva fieles, pero le cuesta conquistar apoyos fuera de ellos. Omar representa otra expectativa, sin que eso resuelva la dispersión opositora. Y Alofoke recoge un descontento que los partidos tradicionales no consiguen representar.
No hace falta que nadie trabaje deliberadamente para el PRM. Basta con que esos proyectos disputen por separado el voto inconforme sin construir una alternativa común (o por separado). El oficialismo recibe el beneficio. Y algunos perremeístas parecen decididos a fabricarse la oposición que les falta.
De ahí mi convicción: si este escenario persiste y al PRM no le explota una crisis en la cara, sus primarias de 2027 podrían terminar decidiendo quién será el próximo presidente dominicano. Las crisis, por cierto, también se fabrican.
Una comienza cuando se niega legitimidad al compañero que mañana podría ganar. Después habrá que pedirle al derrotado que trabaje por aquel cuya legitimidad cuestionó.
El PLD ya pagó esa factura. En 2019, Gonzalo Castillo superó a Leonel Fernández por apenas 26,694 votos: 911,324 frente a 884,630. Leonel desconoció el resultado y abandonó el partido. Nueve meses después, el PLD perdió las elecciones. La ruptura no fue la única causa, pero lo debilitó. Hipólito Mejía, en cambio, perdió ante Abinader en 2015 y 2019 sin romper el PRM.
La diferencia es que entonces el PRM estaba fuera del poder. Gobernando, una derrota interna arrastra intereses y estructuras que ningún abrazo de unidad recompone automáticamente.
Por eso Abinader, presidente de la República y del partido, debe reunir a los aspirantes, explorar un consenso legítimo ante la militancia y, si no lo hay, garantizar primarias con reglas claras. Sobre todo, negociar las condiciones de la derrota antes de conocer al derrotado: compromisos de convivencia y participación, nunca cargos públicos como premio.
Una convención puede proclamar un candidato y dejarlo sin alcaldes que movilicen, estructuras que trabajen ni compañeros dispuestos a defenderlo.
El día después empieza antes del primer voto.