La alimentación no es solo una necesidad biológica. Es cultura, costumbre, educación y, cada vez más, un asunto de salud pública que merece atención.
Hay que salirse del gueto en la alimentación porque se han enraizado hábitos y costumbres que no favorecen la salud, y cambiar esos hábitos puede resultar más difícil de lo que parece. Ese “gueto” no es un lugar ni un grupo social, sino una manera limitada de entender lo que significa comer para vivir.
La obesidad se ha convertido en uno de los grandes desafíos sanitarios actuales. No se trata de un problema meramente estético ni de una cuestión que pueda resolverse apelando exclusivamente a la voluntad individual. Es una condición compleja, relacionada con factores genéticos, económicos, sociales, ambientales y culturales, que aumenta el riesgo de diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y determinados tipos de cáncer.
Muchos hábitos se adquieren desde la infancia y se mantienen durante décadas. Lo que se aprende en el hogar, lo que se ofrece en la escuela y lo que se anuncia en los medios termina influyendo en las decisiones diarias. Cambiar esas costumbres exige algo más que recomendar una dieta distinta. Exige comprender por qué se arraigaron.
Hemos llegado a asumir como normal una alimentación que, en muchos casos, privilegia los productos ultraprocesados, las bebidas azucaradas, las porciones excesivas y la comida rápida, mientras relega las frutas, las verduras y las legumbres a un tercer plano.
No se puede ignorar que muchos productos menos nutritivos resultan accesibles y son objeto de una publicidad persistente. Cambiar de hábitos exige información, tiempo y recursos. Para numerosas familias, comprar alimentos frescos y prepararlos todos los días no es una decisión tan sencilla como parece.
Circulan teorías que atribuyen la elevada prevalencia de obesidad en ciertos grupos sociales a un plan deliberado de la industria alimentaria: primero vender productos perjudiciales y luego beneficiarse de los medicamentos destinados a tratar las enfermedades asociadas.
No corresponde presentar esa acusación como un hecho sin pruebas. Sin embargo, es necesario examinar críticamente los intereses comerciales, las desigualdades en el acceso a alimentos saludables y la publicidad que influye en las decisiones de consumo. La prevención no puede quedar subordinada a intereses económicos.
Salir del gueto alimentario significa ampliar las opciones, cuestionar lo aprendido y comprender que una alimentación saludable no debería ser un privilegio reservado para quienes pueden pagarla.
Eso requiere educación desde la infancia, orientación a las familias, políticas públicas que faciliten el acceso a alimentos nutritivos y una industria que asuma su responsabilidad frente a los consumidores.
No se trata de renunciar a la cultura gastronómica dominicana, ni de convertir la comida en una fuente permanente de culpa. La cocina tradicional ofrece alimentos valiosos. El desafío consiste en recuperar lo saludable, moderar los excesos y aprender a elegir con conocimiento.
La obesidad tampoco debe convertirse en motivo de burla, discriminación o vergüenza. Quienes viven con ella necesitan atención médica, respeto y condiciones que faciliten los cambios necesarios.
Sin cambios en la oferta, la publicidad y la educación, las recomendaciones individuales seguirán siendo insuficientes para transformar esa realidad.
Salir del gueto alimentario es romper con hábitos que limitan la posibilidad de vivir con más salud. Es pertinente y recordar la frase atribuida a Hipócrates: “Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento”.