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El tiempo ha sido testigo del impacto de los avances tecnológicos en la sociedad actual, que tiene el privilegio de vivir la revolución de mayor impacto en la historia de la humanidad. Son innegables los aportes que la tecnología presenta para la salud, educación, comunicación, etc.; sin embargo, no es desconocido que estos progresos conviven junto a una sombra en constante crecimiento que nos va arropando, envolviéndonos en un manto de dudas, incertidumbres que gravitan en el desarrollo de la cotidianidad del ciudadano.
Esta acción que ha vivido desde tiempos inmemorables con el ser humano, ha encontrado en la tecnología su mejor aliado, mostrándose como uno de los mayores retos para gobernantes y gobernados; para tecnólogos, comunicadores, familias, educadores y educandos; en fin, para la sociedad en sentido general.
A medida que nuevas herramientas incursionan en el quehacer tecnológico, como es el caso preciso de la inteligencia artificial (IA), provocan un aumento exponencial de la negativa práctica de la desinformación. Transcurrido un tiempo considerable con dictado de normas, se han implementado acciones que tratan de reducir tan cuestionable práctica sin resultados aparentes de éxitos.
Pensamos que una de las principales barreras en la detención de esta amenazante práctica es aquella que pueden establecer los actores primarios llamados a sentar las bases en el trabajo constante contra la falsa de mensajes en sus diversas modalidades digitales. Nos referimos a las plataformas digitales en las que se divulgan los mensajes de textos, imágenes y vídeos con contenidos desinformativos que abarcan todos los sectores de la sociedad: ciudadanos, instituciones públicas y privadas.
La problemática que encierra la desinformación toca un sector muy vulnerable al que, en exposiciones anteriores en este medio abordamos con exclusividad, nos referimos a los niños (as) y adolescentes. El proceso de desinformación actual encuentra en ellos uno de los asuntos de mayor preocupación que se debe trabajar de modo continuo con el objetivo expreso de reducir su vulnerabilidad. Son de conocimiento las experiencias de momentos donde la desinformación ha impactado de modo dramático en lo físico y emocional en nuestros niños (as) y adolescentes, en consecuencia, debemos comprender la amenaza que se cierne de modo cotidiano sobre ellos creando preocupación en una institución social como la familia.
El alcance de la desinformación no tiene límites; cada día, como paradoja a los avances tecnológicos, ella nos vigila, nos acompaña decidida a vulnerar nuestra privacidad, las actividades en las que pueda crearnos incertidumbre, preocupación. Podemos catalogar, entonces, esta imperfección contemporánea como un enemigo silente que reta a todos los estamentos de la sociedad, jugando a la manipulación en la conducción de una colectividad donde la tecnología está en constante crecimiento, situación agravada por el crecimiento de la inteligencia artificial (IA), convirtiendo la educación en herramienta llamada a acrecentar el proceso de concienciación de los ciudadanos y ciudadanas, en definitiva, en el antídoto apropiado ante el amenazante fenómeno en cuestión.
Investigador: Rafael de la Rosa.