Debo admitir que aunque siempre he sentido respeto por la vida de los sacerdotes, fundamentado en lo que significa la entrega y sacrificio que deben hacer frente a todo lo que los rodea y en todas las circunstancias que rigen sus vidas, en los últimos días se han producido acontecimientos que me impulsan a expresar estas ideas de manera pública, considerándolo una buena forma de manifestar mi admiración por ellos.
Desde pequeño, en Salcedo, mi pueblo natal y luego aquí en la capital, desde nuestra casa paterna, católicos de tradición, tuvimos la oportunidad de compartir con muchos sacerdotes. Españoles, canadienses y dominicanos. Gente buena y de bien. Y específicamente en lo referente a la provincia Salcedo, hoy Hermanas Mirabal, donde han surgido muchos sacerdotes reconocidos, incluyendo obispos, provenientes de lo que algunos podrían definir como niveles sociales diferenciados, tuvimos la oportunidad de ver lo que significa para jóvenes con todas las potencialidades para desarrollar cualquier actividad profesional, entregarse al servicio de Dios.
Hace apenas nueve días murió aquí en Santo Domingo un sacerdote de nacionalidad española, aunque sirvió más tiempo en Puerto Rico y en la República Dominicana que en su país natal, al que todos conocimos como el padre Máximo, que sirvió por muchos años en varias parroquias y provincias, pero lo traté bastante en la parroquia San Pío X a la cual asisto desde que nos mudamos a Santo Domingo a mediados del siglo pasado.
El padre Máximo era un hombre poco comunicativo, pero bueno. Con una vida de humildad increíble. Murió ya octogenario, pero sirviendo a los demás sacerdotes jóvenes como guía, como maestro, como un simple servidor. Y eso es admirable.
Igualmente hemos vivido en estos días los cambios que se producen en nuestra Iglesia universal. La Iglesia Católica. Un arzobispo metropolitano que termina y otro que inicia. Porque son normas que rigen la disciplina establecida. Uno que cumplió la edad para alcanzar el grado de Emérito, con una historia de trabajo humilde de casi toda una vida, y el nuevo que llega con la meta de continuar llevando el mensaje de la fe y la esperanza a feligreses y a la ciudadanía.
Pero todos esos sacerdotes, los que se fueron a una mejor vida y los que todavía nos acompañan, de alguna manera pueden y deben ser tratados con admiración por la gente, sin importar su iglesia. Porque, como dice un gran amigo, que por cierto lidera una iglesia que algunos denominan cristiana, y otros, protestante: “Los sacerdotes son gente admirable”. Y lo dice, porque ha conocido y conoce a muchos de ellos que han pasado por sus cátedras universitarias.
Porque no es fácil, como muchas veces me dice él y también mi esposa, ver a estos jóvenes o ya no tan jóvenes, abandonar el mundo con todas sus vanidades y complejidades humanas, para entregarse a una vida de privaciones y muchas veces pobrezas e incomprensiones. Gente con probablemente muchos problemas, escuchando, orientando y ayudando a otros con problemas tal vez menores que ellos. Pero los guían y tratan de buscarle soluciones. Y sin tomar en cuenta eso, hay personas que se regocijan criticando a los sacerdotes. A seres humanos que sacrifican el mundo para servir una idea, una creencia, una fe.