Las manifestaciones de críticas e indignación contra el orden establecido en todo el mundo no cesan en su extensión, variedad y contenidos. Esta circunstancia coincide con la conocida crisis de entendimiento de la realidad de parte de las organizaciones y singulares individuos que impugnan el sistema desde una perspectiva progresista, con sus dificultades para encontrar una vía de conectarse positivamente con el generalizado descontento de la población. Esto se convierte en causa y efecto, al mismo tiempo, de la dispersión e incapacidad de llegar a acuerdos mínimos para la acción unitaria, limitando significativamente el aprovechamiento de la irrupción de algunos movimientos de masas en determinadas coyunturas de las últimas décadas.
Las distancias sociales, en términos de consumo y acceso a servicios fundamentales como la educación y la salud, son ostensibles. Por ejemplo, la brecha entre la educación pública y la privada siempre ha existido, pero no tan ancha como la de hoy.
A eso se agregan los irritantes privilegios, cinismo, displicencia, corrupción e incluso crueldad de sectores claves de la clase política y del gran capital, circunstancia esta que provoca una indignación tan potente como indiscriminada y, por tanto, que entra en el mismo saco a todo gobierno, partido o político. Incluso a algunos gobiernos que se ha destacado por sacar millones de gente de la pobreza, como el actual de Brasil o el de España que tiene indicadores que lo sitúan como el más eficiente y efectivo de toda Europa
La indignación generalizada pone en tensión a los gobiernos, pero sola no produce cambios. Sin direccionalidad esta se diluye, se convierte en frustración sin resultados.
La direccionalidad requiere un máximo de orientación plural, unitaria. Tan plural como es la diversidad de los indignados: capas medias, sectores productivos, populares, estudiantiles, empleados, sin techos etc. A ese propósito, las exclusiones y la desmesura de los egos son antídoto contra la unidad, aliado de las fuerzas reaccionarias. Es lo que actualmente acontece en España y Francia, por ejemplos. En el primero, en el contexto de elecciones anticipadas se realizan manifestaciones de cientos de miles participantes demandando el derecho a la vivienda. En el segundo un movimiento estudiantil exigiendo mejoras en las infraestructuras educativas, entre otras demandas,
Actualmente, ambos países un amplio movimiento de masas en las calles en contextos electorales donde las posibilidades de triunfo de la ultraderecha son amplísimas, las izquierdas mantienen sus diferencias y exclusiones con suicida tozudez. Un comportamiento explicable en clave psicológica/psiquiátrica. Básicamente. En menor medida, aquí tenemos esas expresiones, pues hay quienes desde su atrio de suma pequeñez dicen quién tiene o no méritos para entrar en una confluencia de sectores progresistas. La de nunca acabar. La izquierda, en general, no sabe cómo superar la crisis actual que acogota el mundo, pero tampoco ninguna otra fuerza. Por consiguiente, excluir a priori constituye un despropósito. Todo aquel que se manifieste sinceramente contra la irracionalidad y crueldad de la ultraderecha tiene algo que decir… y hacer.
La construcción de una alternativa a esta crisis que provoca indignación también involucra/interpela a quienes la entienden legitima y saben que les afecta. Es un proceso que, en perspectiva, trasciende las coyunturas meramente electorales.