Mientras fregaba los trastes de la cena, al ordenar todo en silencio y con la convicción de que todo debía quedar bien, pensé en la deontología humana. En ese deber de hacer lo correcto, aunque nadie esté observando. Pensé que era importante compartir ese pensamiento para filosofar un poco sobre la conducta humana.
Existen palabras que parecen reservadas para los libros de derecho, pero que, si las llevamos a la vida cotidiana, adquieren una dimensión mucho más profunda. Una de ellas es deontología.
La deontología se asocia con el conjunto de deberes y normas que deben observar quienes ejercen una determinada profesión. El abogado, el médico, el periodista y el funcionario tienen responsabilidades que van más allá de hacer correctamente su trabajo. Existe un deber ético inherente a la función que desempeñan.
Podríamos hablar, por extensión, de una deontología humana: del conjunto de deberes que no dependen de un título profesional, de un código escrito ni de la posibilidad de ser sancionados.
Ahí podemos encontrar una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo: ¿Qué hacemos cuando nadie nos está mirando?
Es relativamente fácil comportarnos correctamente cuando sabemos que podemos ser descubiertos, cuando existe una cámara, una auditoría, una sanción o alguien que puede exigirnos cuentas. La verdadera prueba de la ética comienza precisamente cuando desaparece la mirada ajena.
La persona ética no necesita un vigilante permanente. Tiene algo más poderoso: conciencia.
Y la conciencia no siempre resulta cómoda. A veces nos obliga a renunciar a una ventaja, a rechazar un dinero que no nos corresponde, a decir la verdad cuando mentir sería más conveniente, a no utilizar una influencia porque sabemos que sería injusta para otro. La ética, muchas veces, no se demuestra en grandes discursos, sino en pequeñas decisiones que nadie aplaude.
En estos tiempos, don dinero aparece en la vida cotidiana con la capacidad de comprarlo todo: bienes, comodidades, influencia y, hasta el silencios. También puede crear la peligrosa ilusión de que todo tiene un precio y de que lo único importante es cuánto estamos dispuestos a pagar. Aceptar esa lógica sería una derrota mayor que cualquier escándalo.
Hay cosas que no deberían estar en venta: la dignidad, la palabra empeñada, la honestidad, la lealtad, la justicia. Cuando una sociedad comienza a medirlo todo exclusivamente por su valor económico, corre el riesgo de olvidar que existen valores cuyo precio es incalculable.
La deontología humana nos recuerda la diferencia abismal entre lo que podemos hacer y lo que debemos hacer.
Podemos tener la capacidad de aprovechar una posición, pero eso no significa que debamos hacerlo. Podemos tener la oportunidad de engañar sin ser descubiertos, pero la ausencia de castigo no convierte el engaño en una conducta correcta. Podemos obtener un beneficio que la ley no alcance a cuestionar y, sin embargo, nuestra conciencia puede decirnos que hemos cruzado una frontera.
No consiste en parecer buenos, sino en intentar serlo cuando nadie puede premiarnos por ello.
En una época en la que tantas cosas parecen tener precio, defender la dignidad humana puede parecer ingenuo. Yo prefiero llamarlo esperanza.
Porque mientras existan personas capaces de hacer lo correcto, aunque nadie las observe, de decir “no” cuando podrían beneficiarse del “sí” y de entender que no todo lo legal es necesariamente justo, no todo está perdido.