“A mí me dieron y aquí estoy”. Es una de las frases que aparece cada vez que alguien cuestiona las pelas, los chancletazos, los gritos o las humillaciones como métodos para educar. La repetimos casi como una prueba de eficacia: sobrevivimos a aquello, por tanto, aquello debió hacernos bien.

Pero sobrevivir a una práctica no la convierte en correcta.

La ENHOGAR-MICS 2025 acaba de poner números a una realidad que conocemos demasiado bien. En República Dominicana, el 54.9 % de los niños y niñas entre 1 y 14 años experimentó algún método violento de disciplina durante el mes anterior a la encuesta. El 37.9 % recibió castigo físico y el 43 % sufrió agresiones psicológicas. Incluso un 12.1 % de las personas cuidadoras considera que el castigo físico es necesario para educar.

Más que cifras, esos datos desnudan la contradicción: Hemos aprendido a reconocer muchas formas de violencia entre personas adultas. Si alguien golpea a su pareja para conseguir obediencia, no lo llamamos corrección. Si una persona humilla constantemente a otra para modificar su conducta, sabemos que existe violencia psicológica.

¿Por qué cambia nuestro vocabulario cuando quien recibe el golpe tiene cinco años?

La Constitución dominicana reconoce en su artículo 56 la obligación de proteger a niños, niñas y adolescentes contra toda forma de violencia. La Convención sobre los Derechos del Niño exige esa misma protección incluso cuando están bajo el cuidado de sus padres, madres o cualquier otra persona. Y el Comité de los Derechos del Niño ha sido explícito al considerar incompatible el castigo corporal con el respeto a la dignidad de la niñez.

La autoridad parental no es un espacio fuera de los derechos humanos.

Esto tampoco significa convertir a las familias en enemigas. Muchas madres y padres reproducen las formas de crianza que conocieron. No siempre hay crueldad detrás del golpe. A veces hay cansancio, frustración y, sobre todo, una cultura que durante generaciones enseñó que querer también podía doler.

Precisamente por eso prohibir no basta.

Un estudio publicado por UNICEF en agosto encontró que determinadas creencias, experiencias de crianza y normas sociales siguen haciendo que la violencia sea percibida como una forma legítima de disciplina en hogares dominicanos. También encontró disposición de muchas familias a aprender otras maneras de criar.

Y sabemos que es posible.

Un programa desarrollado por UNICEF junto al INAIPI y el Ministerio de Educación acompañó a 2,216 familias. Después del proceso formativo, las prácticas de disciplina violenta disminuyeron de 46 % a 32 %, mientras las formas de crianza basadas en diálogo, afecto y respeto alcanzaron el 87 %.

La violencia aprendida también puede desaprenderse.

Criar sin golpes no significa criar sin límites. Los niños necesitan normas, consecuencias, orientación y autoridad. Lo que no necesitan es aprender que el amor concede permiso para lastimar o que quien tiene más poder puede utilizar la fuerza para obtener obediencia.

Tal vez dentro de muchos años una niña que hoy crece en una casa donde nadie necesita golpearla para enseñarle algo diga también: “A mí me criaron así y aquí estoy”.

Ojalá entonces “así” signifique con límites, con paciencia, con palabras y con respeto.

Ojalá que proteger la infancia empiece por algo tan elemental como dejar de llamar disciplina a aquello que, si nos ocurriera a nosotros, no dudaríamos en llamar violencia.

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