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El martes pasado, 22 de septiembre, ocurrió en Nueva York que, visto superficialmente, podría parecer una rectificación de Donald Trump: Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia firmaron un acuerdo de seguridad que mantiene la soberanía danesa sobre la gigantesca isla ártica, pero amplía considerablemente la presencia militar estadounidense. Trump no obtuvo Groenlandia; obtuvo algo distinto: un régimen de seguridad que fortalece de manera permanente la posición estratégica de Estados Unidos en ella.
Su política hacia Groenlandia puede leerse dentro de un guión histórico de expansión y seguridad de Estados Unidos. El 5 de diciembre de 2025, su Estrategia de Seguridad Nacional proclamó un “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe y planteó reafirmar la primacía estadounidense en el hemisferio occidental. Groenlandia pertenece a geográficamente a otro espacio, pero su valor estratégico la coloca en el centro de la competencia por el Ártico.
Desde los primeros años de la República aparecen ideas de expansión territorial, seguridad hemisférica y control de espacios estratégicos. La política estadounidense del siglo XIX combinó expansión territorial, comercio, oposición a la influencia europea y, posteriormente intervenciones en América Latina y el Caribe. La investigación histórica de Oxford identifica como antecedentes el principio de No Transferencia de 1811, la Doctrina de Monroe de 1823 y el Destino Manifiesto 1845.
En el siglo XIX aparecen, además, antecedentes muy concretos de varios temas: Canadá, Cuba, Panamá y el canal, el Caribe y Centroamérica, así como la expansión continental. Hubo sectores de clara posición anti-inmigrante, y hasta se formó un partido que perseguía a los extranjeros: Los Know-Nothings, oficialmente American Party, surgieron a finales de la década de 1840 y alcanzaron gran fuerza durante la década de 1850. Eran nativistas y anticatólicos.
Así, el acuerdo del martes, modifica y complementa el tratado de defensa de 1951. Permite a Estados Unidos modernizar y ampliar la base de Pituffik – la antigua Thule – y establecer nuevas áreas de defensa en Narsarsuaq y Mestersvig, además de abrir la posibilidad de nuevas instalaciones militares. Amplia, asimismo. los derechos estadounidenses de acceso aéreo, marítimo y terrestre y establece mecanismos para impedir que potencias ajenas a la OTAN, particularmente aquellas consideradas adversarias, establezcan presencia militar o ejerzan control sobre sectores estratégicos de Groenlandia. Y hay un elemento de particular transcendencia: el acuerdo no tiene fecha de expiración.
Pero para comprender lo ocurrido no basta con mirar a Trump. La aspiración estadounidense sobre Groenlandia no nació con él. Después de la compra de Alaska, en 1876, el secretario de Estado William H. Seward, durante la presidencia de Andrew Johnson, promovió estudios sobre Groenlandia y sus recursos naturales y estratégicos. Aquella tentativa no llegó a convertirse en una compra, pero revela que, ya en la segunda mitad del siglo XIX, Washington contemplaba el Ártico como un espacio susceptible de incorporarse a la expansión del poder estadounidense.
Y la relación con Dinamarca resulta todavía más reveladora. En 1867 se negoció la adquisición estadounidense de las islas danesas de Saint Thomas y Saint John; el tratado fue firmado durante el gobierno de Andrew Johnson, pero el Senado estadounidense terminó rechazándolo durante la presidencia de Ulises S. Grant. Medio siglo después, en 1917, Estados Unidos finalmente adquirió las entonces llamadas Indias Occidentales danesas, hoy Islas Vírgenes estadounidenses.
Por eso, el episodio de Groenlandia no debe contemplarse exclusivamente como una ocurrencia de Donald Trump. Forma parte de una historia mucho más larga: la expansión territorial estadounidense. El interés estratégico por el Caribe y el Ártico, el control de las rutas marítimas y la búsqueda de posiciones que permitan a Washington proyectar su poder sobre el hemisferio y más allá de él.
Lo verdaderamente novedoso no es, quizás, que Trump mire hacia Groenlandia. Lo novedoso es lo que haga en un mundo radicalmente distinto del que conocieron Johnson, Grant o Seward: un mundo en el que Estados Unidos ya no dispone de la misma posición unipolar de la posguerra fría y en el que China y Rusia disputan espacios estratégicos particularmente en el Ártico.