En occidente, prácticamente todos los procesos electorales de los últimos años han discurrido en medio de extrema polarización. Por un lado, las fuerzas que pugnan un nuevo orden local y mundial basado en una idealizada “nación primero”, “pura” y con valores tradicionales en las esferas social, política y religiosa. Frente ellas, las que defienden la permanencia y ampliación de los derechos humanos en que se asienta la democracia. Tal parece que la generalidad de los procesos electorales a celebrarse dentro de poco discurrirá en esa misma lógica. Aquí, algunos eventuales candidatos de los principales partidos realmente competitivos asumen posiciones de cara a las elecciones del 2028, sin calibrar esta circunstancia en su justa dimensión.

En el poder, la extrema derecha ha dado muestra de clamorosa incompetencia, de gobiernos caóticos, esencialmente represivos y corrosivos de los pilares de la institucionalidad política, social y cultural de la sociedad. El presidente de los EE. UU. ha sumido ese país en una crisis institucional, social y política sin precedentes, granjeándose la repulsa de los sectores más representativos del mundo de la política, la academia, el arte, la cultura y de manera cada vez más acentuada, de las principales figuras de las instituciones básicas del sistema.

Vale destacar que, en el plano político, sus mayores derrotas y dificultades se las han infligido aquellos que lo han enfrentado defendiendo derechos fundamentales en lo referido al acceso a servicios sociales: vivienda, transporte, salud, educación, la libertad y derechos ciudadanos. Enfrentándolo, en plano de las ideas y defensa de la democracia. Por eso tienen las perspectivas de recuperar la mayoría en las cámaras legislativas, que sería trágico para el proyecto ultraderechista del núcleo duro de la actual mayoría gobernante en ese país y del mundo. Estamos, pues, ante lo que podría ser el momento de inflexión de la ola ultraderechista que amenaza con anegar el mundo.

Para nosotros, esta circunstancia tiene varias lecturas: una es que las próximas elecciones del 2028 podrían discurrir en el contexto de inflexión de las embestidas de la ultraderecha. Otra es que sólo con posiciones firmes de defensa de la población en sus demandas de servicios básicos, transparencia e inclusión social y política puede ser exitosa la lucha contra las diversas expresiones de la ultraderecha. No tratando de contemporizar con ella, ni mucho menos asumiendo abierta o sutilmente algunas de sus perversas posiciones.

Los tres partidos mayoritarios del sistema tienen en su seno gente de trayectoria democrática, de incuestionable solvencia personal y profesional. Pero si no enfrentan resueltamente las posiciones conservadoras y hasta reaccionarias de importantes núcleos de sus direcciones y de eventuales candidatos, estarían tirando por la borda esa trayectoria, convirtiéndose en cómplices de esos núcleos. El contexto de las elecciones del 2028 podría ser diferente al actualmente existente, y en él, esos partidos podrían encontrarse sin relato. La ultraderecha no tiene un plan exquisitamente diseñado, la anima un instinto primario y por momento criminal que lo manifiesta irrefrenablemente en tiempos convulsos, de ahí sus caóticas administraciones

Afortunadamente, todo tiempo convulso llega a su fin. A pesar de los toques de trompeta, no estamos en el fin de los tiempos

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