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El microtráfico impune de sustancias controladas es una realidad en el país. Las autoridades encargadas de evitar el negocio lo conocen, prefirieron rendirse y sumarse a la empresa criminal para disfrutar los beneficios
Muchachos ágrafos que apenas balbucean, vestidos con el disfraz del triunfador de arrabal, víctimas de la adicción, pelean por su punto de venta y cuando el peligro acecha denuncian a sus cómplices de uniforme.
En el 2006 el presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco se atrevió a contabilizar los puntos. Conocedor del barrio y político avezado hizo la denuncia y fue botella al mar. El legislador estaba preocupado por la existencia de 20 mil puntos de venta de drogas. Hoy, la oferta es libre y la publicidad virtual del producto es normal.
El ex jefe de la PN, miembro del “Círculo Delta” Rafael Guzmán Fermín ha expuesto, en innúmeras ocasiones, “la radiografía de un punto de drogas” y todo lo que implica preservar la exclusividad del espacio para la venta. La violencia es consubstancial a la práctica y lo peor es la dejadez de los persecutores. Los funcionarios civiles y militares prefieren invertir recursos en los espectaculares operativos tras las lanchas cargadas de toneladas de coca y otras sustancias que auscultar y controlar el mercado local.
Es mejor recibir aplausos de la DEA, aunque el país está en la lista de los 23 países considerados territorios para la producción y distribución de drogas. No se necesita astucia para saber que los lugares de empaque y producción están protegidos, además de reconocer el consumo sin riesgos.
Los recientes acontecimientos de violencia que involucran a muchachos comprometidos con el negocio quitan una vez más la costra de ese submundo que la narrativa oficial del paraíso impide aceptar y menos enfrentar para remediar. La exposición de armas en los funerales de los “reconocidos delincuentes”, la colocación de pistolas y revólveres encima de los ataúdes es costumbre y desafío.
Múltiples programas, decenas de intentos para incidir en el barrio sencillamente han fracasado. De aquel aspaviento cuando fue presentada la “Estrategia Integral de Seguridad Ciudadana” y el olvidado “innovador programa de recompras de armas ilegales” queda nada. Algún estratega sugirió el uso de “los influencers” para aplacar las esquinas y entonces advino la negociación y el desparpajo. No hay redención por eso el crimen reina.
Aunque el caos y la violencia se impongan, vale mencionar el Golpe de Estado-1963-. El viernes será el aniversario de aquella aventura que desalojó de Palacio al presidente constitucional Juan Bosch. Ese día volverá la mención de la perversa acción, la mezcla de argumentos y justificaciones para analizar el significado y las consecuencias del hecho. 63 años después sigue la disputa entre unos y otros y ya quedan pocos testigos para avalar o desmentir. Con y sin aniversario, con el recuento de caídos luego de los intercambios de disparos, durante la semana el protagonismo será disputado por “Las Mercedes” y el espanto de SENASA. La curiosidad estará pendiente para identificar imputados y descubrir ¿quién diseñó ese entramado criminal casi perfecto? ¿cómo pudo funcionar durante cinco años sin indicios?