Las mayorías se debilitan cuando olvidan las razones que las llevaron al poder. Allí donde la conveniencia desplaza al mérito, la ética y la transparencia, quienes actúan correctamente dejan de ser valorados y comienzan a ser vistos como una amenaza.

Cuando el insigne José Martí estableció la fortaleza y determinación de “lo que no se ve” en la arena pública como factor esencial, colocó en primer plano los componentes que inducen a la selección, preferencia y gracia para el desempeño en la jurisdicción política. Allí no siempre se apela al talento, rigurosidad, sentido de compromiso y decencia, sino al esquema de conveniencias que no necesariamente guardan relación con los parámetros establecidos en el ideario de valores asentados en la sociedad.

Una mayoría política se estructura en el seno de una nación cuando la escala de criterios coincide con los anhelos de la ciudadanía. Aunque el ego de algunos exponentes del bestiario partidario no lo crea, nadie alcanza porcentajes superiores creyéndose rector exclusivo de aspiraciones reducidas al segmento organizacional.

Lo grave de interpretar como eterno un respaldo popular que, aunque alto, es coyuntural y radica en que esa lectura puede cegar frente a un alejamiento de las bases éticas y de la noción de eficiencia presumida. Por eso, enfatizar en las normas originales podría tornarse fastidioso para los olvidadizos de la esencia del favor popular, pero recalcarlas constituye el acto adecuado de preservación e inteligencia.

Los que insisten en cuidar las causas de la victoria, esencialmente las orientadas hacia la preservación de una pared éticamente impenetrable, se tornan molestosos y dignos de “cuidado”, porque las complicidades diseminadas en el aparato público temen al talento, la rectitud y la transparencia. Se genera así una profunda distorsión del sentido de la promoción: quien hace las cosas correctamente es visto como peligroso, mientras que, irónicamente, resulta más práctico y útil quien se acomoda.

Es una manía que data de años. Ya Augusto Roa Bastos en su novela Yo el Supremo, describía a Policarpio Patiño y sus credenciales de buen colaborador: obediente, siempre dispuesto al trabajo sucio y sin cabeza propia. Nunca hacía ruido ni aparecía en las portadas de los periódicos, pero los ministros deseaban su gracia y le facilitaban sus negocios. En tiempos de tanta visibilidad, toda influencia exhibida posee una carga comprometedora porque vuelve al agraciado de turno blanco de las maledicencias que pocos se atreven a atribuirles al superior jerárquico. Así, la descalificación termina por estacionarse en el lugar equivocado.

Lo que se asume como invisible es, en realidad, detectable con facilidad. Ya la magia de obrar en silencio no se corresponde con la apertura consustancial a la democracia del siglo XXI. Hoy, mañana y siempre, actuar de frente al sol es lo aconsejable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Primer ministro canadiense llega a China para reconducir las relaciones y el comercio – El Nuevo Diario (República Dominicana)

Mark Carney, primer ministro de Canadá. Foto/fuente externa PEKÍN. – El primer…

El PCCh creó la República Popular y catalizó su desarrollo económico

En estos días en la República Popular recuerdan, conmemoran y celebran los…

Un tribunal valida la detención de migrantes ilegales sin derecho a fianza en EE.UU. – El Nuevo Diario (República Dominicana)

Fotografía cedida por la Oficina de Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI)de Miami…

Reportaje aplazado por CBS desmonta versión de Trump de venezolanos presos en El Salvador – El Nuevo Diario (República Dominicana)

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronuncia un discurso a la…