Por Tony Pérez
El hecho ocurrió hace cerca de seis años, cuando el Gobierno se aprestaba a intervenir Cabo Rojo, Pedernales, con su proyecto de desarrollo turístico en alianza público-privada, pero sin socio estratégico hasta ese momento.
Mismo Cabo Rojo de la bauxita, la caliza, el mármol, el hotel para ejecutivos, Senior Staff, diseñado por el maestro de la arquitectura Gay Vega; el muelle de embarque, el cruceteo de camiones de volteo gigantes poco conocidos en RD, de “pasajeras amarillas” para empleados, el balneario, el cine “al aire libre”, el “plei”…
Un escenario muy activo desde los años 50 hasta mediados de los 80 cuando la minera estadounidense Alcoa Exploration Company decidió irse sin rubor y llegaron otras empresas sin mayor consistencia, mientras el Gobierno tiraba al pueblo en el zafacón del olvido sin redituar nada al pueblo por la explotación de sus recursos naturales; ni siquiera la remediación ambiental.
Así, la pobreza multidimensional se encaramó en cerca del 60%. Y urgía la reactivación económica.
Aún con ráfagas de la pandemia de la covid-19, en un encuentro en la capital con Simón Suárez, ejecutivo del Grupo Puntacana, le pregunté si esa empresa desarrolladora del turismo en la provincia del extremo sureste, La Altagracia, tenía planes para la nuestra, en la punta opuesta, frontera con Haití.
Fue taxativo: “Hay que esperar; la gente piensa que un desarrollo como el de Punta Cana se logra de un día para otro, pero es un proceso lento. Primero se necesitan infraestructuras básicas, vías de acceso, carreteras…”
En Pedernales, hoy, el Gobierno ha avanzado en la construcción del aeropuerto y tres hoteles de la primera etapa del complejo, que serán administrados por las prestigiosas cadenas internacionales Iberostar Group e Inclusive Collection (Word the Hyatt).
Y, desde 2024, opera la terminal de cruceros levantada sobre el muelle hecho por la Alcoa a mediados de los años 50 del siglo XX, aunque brotan las quejas comunitarias sobre el bajo consumo de los pocos cruceristas que son llevados a los pueblos.
En noviembre de 2025, el director ejecutivo del Fideicomiso Pro Pedernales, Sigmund Freund, le contó a la cadena británica BBC que para el 2031 deberían estar funcionando nueve hoteles para un total de 4,800 habitaciones.
Los funcionarios han anunciado diferentes fechas para inauguración del primer hotel y el aeropuerto (la más reciente para febrero 2027, año preelectoral), pero han sido taciturnos respecto de la carretera vital no solo para el turismo interno, sino para la vida de la provincia, la única para entrada y salida: Barahona-Pedernales (124 km).
La empresa Andalar comenzó en 2021 el tramo Enriquillo-Pedernales (74 kilómetros) y garantizó terminarlo en el primer período de Luis Abinader (2020-2024), con al menos 60 curvas eliminadas, cuatro carriles y paseos, “por instrucciones del mandatario”.
Hoy, sin embargo, el final no se ve. El silencio de funcionarios alarga la incertidumbre en los pueblanos, que ya no aguantan más polvo, daños de vehículos, riesgos de accidentes y horas perdidas.
Por suerte, queda una brecha de escape. El GP, en el escenario desde mediados de este año como socio estratégico a través del Consorcio Cabo Rojo, presionaría para la terminación del tramo Enriquillo-Pedernales. La compañía española Acciona construye el aeropuerto en ese trayecto, en el paraje Tres Charcos, entre Oviedo y Pedernales, y a media hora de la ciudad turística Cabo Rojo en proceso. O sea, es una infraestructura vial imprescindible para una movilidad turística segura.
Con el actual culebreo de curvas cerradas y sin peralte, el viaje sería un coqueteo permanente con la muerte.
GP llega para la gestión de una iniciativa considerada por el Gobierno como singular, en tanto será sostenible, no masiva y, al partir de cero con un “master plan”, libre de las fallas de origen de los polos pioneros.
Pero el desafío será mayúsculo, si de turismo sostenible se trata. La deuda social con los territorios es grande y se corre el riesgo de convertirlos en sitios caóticos, invivibles.
La capital de la provincia, Pedernales, sigue huérfana de servicios esenciales, con su cárcel inmunda en el centro y un desorden en el ordenamiento territorial que se ahonda con las horas. Oviedo, el otro municipio, carece de acueducto, como Higüey. Luce que nunca ha olido el progreso.
Pero -como cantaba Julio Iglesias- aún me queda la esperanza de que, al menos, la “presión” privada ayude a terminar el tramo desde Enriquillo.
Y se construya un centro cultural apadrinado por los inversores y los bancos, como parte de su responsabilidad social empresarial.