Hay momentos en los que la vida nos coloca en medio de batallas que no esperábamos. Surgen situaciones que quieren quebrar nuestra confianza, apagar nuestra esperanza y hacernos creer que no podremos avanzar. Pero aun en medio de la presión debemos recordar que Dios nos ha capacitado para enfrentar lo que se levante contra nosotros. Él nos ha dado poder para avanzar, amor para permanecer y dominio propio para mantenernos firmes.

Una fe que no se ejercita se debilita. Por eso, cuando llegan los momentos difíciles, no podemos permitir que nuestras emociones sean las que dirijan nuestras decisiones. Tenemos que volver nuestra mirada a Dios y confiar en lo que él ha dicho.

La fe debe acompañarnos todos los días, no solamente cuando atravesamos una crisis. Así como un soldado no salía al campo de batalla sin su protección, nosotros tampoco podemos caminar cada día sin aferrarnos a sus promesas.

Cada vez que aparezca el temor, responde con fe. Cuando las circunstancias digan que no hay salida vuelve tus ojos a él porque, mientras tengas tu confianza puesta en Dios, podrás atravesar la batalla sin perder la esperanza, resistir y continuar caminando hacia aquello que él ha preparado para ti.

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