El 10 de septiembre fue el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. La fecha establecida por la OMS apunta a la visibilización del suicidio desde sus causas, problematización como problema de salud y reducción del estigma que afecta a víctimas y familias. .

En el transcurso de este año, el Observatorio de Registro Civil de la JCE registra 284 suicidios entre enero y principios de septiembre, el 87.68% son hombres (249 casos) y 12.32% mujeres (35 casos).

Estos datos presentan el carácter masculino del suicidio en nuestro país, lo mismo ocurre en gran parte de la región. La complejidad del fenómeno apela a una mirada que trasciende la salud pública y reclama su carácter cultural y estructural. El patriarcado como sistema cultural y de instauración del poder masculino expone a los hombres hacia su autodestrucción al negarle su capacidad de comunicación y expresión de su sentir.

Diversos estudios como los de R. W. Connell (1995) y Matthew Gutmann (2007) evidencian que la masculinidad hegemónica en América Latina se construye sobre la negación de la fragilidad, el llanto, la solicitud de asistencia-ayuda y la vulnerabilidad, esta última se convierte en una “traición” al ideal masculino.

Esa cadena de pautas culturales genera lo que Nancy Scheper-Hughes (1992) llamó “sufrimiento social”: un dolor que se vive en silencio, se acumula y que, en ausencia de redes de apoyo, puede volverse destructivo. Cuando el sufrimiento se vuelve privado y vergonzoso, el suicidio aparece como una salida impulsiva, silenciosa y letal.

El estigma existente en sociedades como las nuestras sobre el suicidio tiene raíces religiosas. Desde Tomás de Aquino (1274) se le entrega la propiedad de la vida a Dios, en consecuencia, las personas no pueden disponer en forma autónoma sobre ella, lo que se considera como “una transgresión moral”. Este tabú convierte el suicidio en un acto vergonzoso Jean Améry (1976) rodeado de silencio.

Desde la perspectiva antropológica se indica (Foucault 1975) (Farmer 2004) que la cultura genera el suicidio, sus condiciones, silencios, presiones y narrativas que moldean la vida y la muerte.

Existen otros abordajes del suicidio en diferentes culturas. Ruth Benedict (1946) y Ohmuki-Tierney (1999) analizan el seppuku en Japón que fue durante siglos un acto de honor. Morir se entiende como una decisión propia, forma de responsabilidad, manera de preservar la dignidad o reparar una falta.

La prevención del suicidio requiere la articulación de cambios culturales en la masculinidad que favorezcan a una salud emocional con acompañamiento de redes y círculos de pares (hombres-mujeres) que ofrezcan apoyo y promuevan rupturas con el silencio, estigmas, presión social y tabúes que inciden en el fenómeno.   

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Ejército de EEUU califica de «desestabilizador» el lanzamiento de misil norcoreano – El Nuevo Diario (República Dominicana)

Comando Indo-Pacífico de Estados Unidos, el almirante Samuel J. Paparo. Foto/fuente externa…

el PIB destruye la naturaleza y urge un nuevo modelo

María Eugenia Luarca/Latinoamérica21 A veces el mundo funciona así: una persona grita…

Trump se burla de Macron y dice que su esposa lo trata mal

EL NUEVOV DIARIO, REDACCION DIGITAL. – El presidente de Estados Unidos, Donald…

Ydanis Rodríguez reitera votar por Mamdani para alcaldía NYC

Nueva York. El exconcejal por el Alto Manhattan, Ydanis Rodríguez, reitera su llamado…