Por Juan B. Gómez
La Ley 1-12 de Estrategia Nacional de Desarrollo (END) estableció, como parte de su Objetivo General 3.2, la necesidad de alcanzar una “energía confiable, eficiente y ambientalmente sostenible”. Esto implica garantizar un suministro seguro, a precios competitivos y bajo condiciones de sostenibilidad financiera y ambiental.
En los últimos años, República Dominicana ha aumentado su capacidad instalada y diversificado su matriz, especialmente mediante energía solar y eólica. Son avances importantes, pero más megavatios instalados no significan necesariamente más energía disponible cuando el sistema la necesita ni garantizan la sostenibilidad financiera del sector.
Una nueva capacidad debe evaluarse no solo por sus megavatios, sino también por su precio, costos, condiciones contractuales, fecha real de entrada en operación y energía efectivamente entregada.
En este contexto, las barcazas de generación instaladas en Azua merecen especial atención por sus elevados costos, que representan una presión adicional sobre las finanzas del sistema y los recursos que debe aportar el Estado. También plantean interrogantes ambientales y sobre su conveniencia como solución de mediano y largo plazo.
La fortaleza de un sistema eléctrico debe medirse integralmente: disponibilidad y confiabilidad de las centrales, seguridad operativa, capacidad de transmisión, eficiencia de la distribución, costos de abastecimiento, sostenibilidad financiera y calidad del servicio.
Otro desafío es el retraso en la construcción y entrada en operación de nuevos proyectos. Cuando una central no está disponible en la fecha prevista, el sistema debe recurrir a unidades existentes que pueden tener mayores costos o menor eficiencia. Esto reduce el margen de reserva y aumenta la vulnerabilidad ante contingencias, especialmente frente al crecimiento de la demanda.
Por ello, es indispensable fortalecer la planificación integral de la generación, considerando cronogramas reales, disponibilidad, costos, ubicación, infraestructura de conexión y contribución a la estabilidad del sistema.
Renovables: una oportunidad que exige planificación
La incorporación de renovables, impulsada por la Ley 57-07, constituye uno de los avances más importantes de la transformación energética. La solar y la eólica permiten diversificar la matriz y reducir la dependencia de combustibles fósiles.
Sin embargo, su variabilidad exige mayor flexibilidad operativa. En este escenario adquieren relevancia los sistemas de almacenamiento BESS, como herramienta para gestionar los períodos de mayor y menor producción.
También cobra importancia el vertimiento o curtailment, cuando energía disponible no puede aprovecharse por restricciones de demanda, transmisión u operación. Esto demuestra que generar más no siempre significa aprovechar más energía.
Transmisión: el vínculo que permite aprovechar la generación
La expansión de la transmisión debe coordinarse con el crecimiento de la generación y la demanda. Una red insuficiente puede convertirse en un cuello de botella que limite el aprovechamiento de la energía disponible, especialmente porque los mejores recursos solares y eólicos no necesariamente están próximos a los principales centros de consumo.
Distribución: el principal desafío estructural
La distribución continúa siendo el mayor desafío estructural del sector eléctrico dominicano.
Las tres distribuidoras —Edenorte, Edesur y Ede-este— registraron pérdidas cercanas al 39% en mayo de 2026, frente a aproximadamente 27% en 2019. Esto significa que una proporción extraordinariamente elevada de la energía que ingresa a las redes no se convierte en energía efectivamente facturada y cobrada.
Entre enero y mayo de 2026, las distribuidoras registraron aproximadamente US$83 millones en inversiones, frente a unos US$182 millones en gastos operativos. Además, los gastos operativos aumentaron de unos US$391 millones en 2019 a US$453 millones en 2025, mientras la inversión disminuyó de aproximadamente US$258 millones a US$192 millones.
No todo gasto operativo es improductivo ni toda inversión reduce automáticamente las pérdidas. Sin embargo, mayores gastos operativos, menores inversiones y pérdidas crecientes constituyen una señal que debe analizarse.
La pregunta fundamental no es cuánto se gasta, sino qué resultados se obtienen: cuánto se reducen las pérdidas por cada dólar invertido, cuánto aumenta la energía cobrada, cuánto mejora el servicio y cuánto disminuye la necesidad de recursos fiscales.
Generar más no es suficiente
El desafío eléctrico dominicano no consiste únicamente en instalar más generación. El verdadero reto es lograr que los proyectos entren oportunamente, que exista transmisión suficiente para transportar la energía y que las distribuidoras reduzcan sus pérdidas y recuperen los ingresos correspondientes a la energía suministrada.
La expansión renovable debe continuar, acompañada de transmisión, almacenamiento cuando sea técnica y económicamente conveniente y una operación capaz de integrar mayores niveles de generación variable.
Pero, sobre todo, debe abordarse la distribución. Mientras las pérdidas permanezcan cercanas al 40%, aumentar la generación por sí solo no resolverá los problemas estructurales del sistema.
El enfoque debe cambiar: menos énfasis en cuánto se instala y más atención a cuánto está disponible, cuánto se entrega, cuánto se factura, cuánto se cobra, cuánto se pierde y cuánto cuesta hacerlo.
Solo así el país podrá avanzar hacia el objetivo de la Estrategia Nacional de Desarrollo: un sistema eléctrico confiable, eficiente, financieramente sostenible y ambientalmente responsable, capaz de acompañar el crecimiento económico y mejorar la calidad de vida de los dominicanos. (El autor es ingeniero electromecánico y civil/economista).