Recientemente leí una reflexión de la periodista Riamny Mendez sobre los manieles, su aporte al sentido colectivo en las comunidades, que me motivó a recrear estudios etnográficos en comunidades rurales y su estilo de vida.
La literatura sobre el cimarronaje en el país (Deive 1989) (Cordero Michel 1979) (García 2004) lo describe como uno de los fenómenos más reveladores para comprender los orígenes de las prácticas comunitarias, solidarias y cooperativas de la vida cotidiana actual. El cimarronaje no se reduce a la fuga individual frente a la esclavitud, fueron procesos colectivos que configuraron sistemas de organización social complejos con articulación de estructuras políticas, económicas y culturales desde la contrahegemonía, resiliencia frente al orden colonial.
Los manieles y palenques se consideran los primeros espacios de autogestión comunitaria en nuestro territorio, donde se ensayaron formas de convivencia basadas en la cooperación, ayuda mutua y defensa colectiva, sostenidas en tramas sociales tejidas por mujeres que organizaban la vida comunitaria desde la distribución de labores, cuidados, organización de territorios, memoria y afectividad.
Este estilo de vida impregnó la cultura campesina hasta hoy. Se mantiene la lógica de compartir alimentos, distribución del agua desde la construcción de pozos comunitarios ante la falta de acueductos y las tareas de cuidado. Estas actividades son lideradas por las mujeres.
Desde los primeros levantamientos de personas esclavizadas en el siglo XVI, el cimarronaje se manifestó como respuesta organizada frente a la violencia estructural del sistema esclavista. “El cimarronaje en Santo Domingo no fue un fenómeno marginal, sino una constante histórica que acompañó todo el proceso de esclavización” (Deive, 1989,). Esta afirmación permite comprender que la resistencia cimarrona no surgió de manera espontánea, sino como resultado de una conciencia colectiva que reconocía la necesidad de construir espacios autónomos donde la vida pudiera desarrollarse fuera del control colonial “sociedades alternativas donde los esclavos fugitivos reconstruyeron su mundo sobre la base de la solidaridad y la cooperación” (Cordero Michel, 1979.
La distribución de labores de cuidado de forma colectiva ha favorecido a través de la historia a las jóvenes en su acceso a la educación y al mercado laboral. Las madres adolescentes que pueden continuar en el sistema educativo y lograr una mejor calidad de vida son aquellas que han contado con una red de cuidado desde el apoyo de mujeres de la familia y la comunidad. (Vargas 2008) (Vargas 2020 s.p.).
Esta trama social con raíces en el cimarronaje es invisible. La negación de todo este legado, así como del conocimiento histórico de la esclavitud y el cimarronaje, funge como una gran barrera a su reconocimiento y fortalecimiento a favor de los grupos más vulnerables.