La democracia atraviesa una temporada de desconfianza en el mundo. En muchos países, gérmenes autoritarios no despiertan las alarmas que habrían provocado en otros tiempos. El crecimiento de economías centralizadas alimenta la percepción de que la concentración del poder es casi indispensable para implementar un proyecto de desarrollo, y crece la idea de que la arbitrariedad y la mano dura son los únicos caminos para enfrentar la delincuencia o el desorden. La democracia, en cambio, es vista por algunos como un lujo poco funcional para ambientes tropicales.
Esto debería preocupar, aunque no sorprender, porque no han faltado épocas en que el ideal democrático ha perdido brillo frente a formas de gobierno que prometían mayor orden o eficacia. Hubo un tiempo en que el fascismo despertó admiración como respuesta a la parálisis; el modelo soviético sedujo durante décadas a intelectuales de todas partes y en América Latina nunca ha faltado cierta fascinación por dictaduras y dictablandas. Sin embargo, la experiencia muestra el riesgo de confundir logros temporales con superioridad política. El autoritarismo puede producir orden e incluso prosperidad, pero un gobierno que no admite oposición eventualmente pierde la capacidad de corregir sus propios errores.
La democracia es frustrante y hasta decepcionante. No siempre garantiza un buen gobierno ni ha encontrado la fórmula infalible de la inclusión social, y muchas veces deja la impresión de enfrentar una y otra vez los mismos problemas. Las vacilaciones de sus gobiernos pueden parecer ineficiencias, pero al menos dificultan que una voluntad se imponga sobre todas las demás. Su virtud innegable es que permite cambiar el rumbo sin derramar sangre, disentir sin pedir permiso y ser zurdo o derecho sin perder la mano. En el caso dominicano, varias décadas de libertades públicas y alternancia política no deberían llevarnos a dar esas conquistas por descontadas. El momento global aconseja celebrar la democracia que tenemos sin dejar de luchar por mejorarla.