La inteligencia artificial está transformando la distribución global del poder a una velocidad que muchos gobiernos apenas comienzan a comprender. Las tecnologías que definieron la competencia geopolítica durante el siglo XX surgieron bajo un modelo muy distinto al que impulsa la revolución tecnológica actual. La energía nuclear, la industria aeroespacial, las telecomunicaciones e internet fueron el resultado de grandes inversiones estatales, programas militares e instituciones públicas que mantenían un control considerable sobre el desarrollo científico y sus aplicaciones.

La revolución de la inteligencia artificial está siguiendo un camino diferente. Los avances más importantes ya no se están produciendo en laboratorios gubernamentales, sino en empresas privadas que poseen recursos financieros extraordinarios, una capacidad de procesamiento sin precedentes, enormes volúmenes de datos y la capacidad de atraer al talento científico más especializado del mundo. Este desplazamiento del liderazgo tecnológico desde los gobiernos hacia las corporaciones constituye una de las transformaciones políticas y económicas más importantes de las últimas décadas.

En el ensayo AI Firms and Geopolitics, Adam Segal sostiene que el desarrollo de la inteligencia artificial se ha concentrado en un grupo relativamente pequeño de empresas cuya influencia se extiende mucho más allá del sector tecnológico. Las decisiones de compañías como OpenAI, Google, Microsoft, Meta, Anthropic y Nvidia tienen un impacto cada vez mayor sobre la seguridad nacional, la política industrial, la modernización militar, el comercio internacional y las relaciones diplomáticas. Estas empresas ya no compiten únicamente por una mayor participación en el mercado; también están definiendo las capacidades tecnológicas de países enteros.

El concepto de micropoder, desarrollado por Moisés Naím en El fin del poder, ofrece un marco especialmente útil para comprender esta transformación. Según Naím, las instituciones tradicionales están perdiendo gradualmente el monopolio de la influencia, mientras actores más pequeños, ágiles y especializados adquieren la capacidad de desafiar estructuras políticas que durante décadas parecían inamovibles. Los gobiernos continúan siendo actores fundamentales dentro del sistema internacional, pero ya no son los únicos centros capaces de moldear los acontecimientos globales.

La inteligencia artificial refleja esta nueva realidad con particular claridad. Un reducido número de empresas controla actualmente algunos de los elementos más importantes del ecosistema tecnológico, entre ellos la infraestructura en la nube, los semiconductores avanzados, los modelos propietarios, los centros de datos y los entornos de investigación necesarios para desarrollar sistemas cada vez más sofisticados. Esta situación ha dado lugar a una paradoja: los gobiernos conservan la autoridad legal para regular la inteligencia artificial, pero dependen cada vez más de las empresas privadas para acceder a la propia tecnología.

Este desequilibrio adquiere una mayor relevancia cuando se analiza en el contexto de la creciente rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China. Ambas potencias consideran la inteligencia artificial un activo estratégico capaz de determinar el liderazgo económico, la superioridad militar y la influencia geopolítica durante las próximas décadas. Como consecuencia, los semiconductores han pasado a convertirse en uno de los activos más valiosos de la economía mundial, mientras las cadenas de suministro, las plantas de fabricación, la infraestructura informática y los minerales críticos han adquirido una importancia comparable a la de otros recursos estratégicos del pasado.

En medio de esta competencia entre las dos principales potencias del mundo, la República Dominicana ha comenzado a ocupar un lugar inesperado. El descubrimiento de importantes yacimientos de tierras raras en Pedernales podría permitir al país integrarse en la cadena de suministro norteamericana vinculada a la fabricación de semiconductores. Al mismo tiempo, los esfuerzos de Estados Unidos por reducir su dependencia de los proveedores chinos han abierto nuevas oportunidades para países capaces de garantizar un suministro estable de minerales estratégicos.

La oportunidad es particularmente atractiva porque la República Dominicana ya cuenta con varias ventajas competitivas. La proximidad geográfica con Estados Unidos, una red consolidada de zonas francas, una base manufacturera en crecimiento, la estabilidad política y una larga relación comercial con el mercado estadounidense podrían facilitar la incorporación del país a una industria llamada a desempeñar un papel decisivo en la economía mundial durante las próximas décadas.

Sin embargo, la historia demuestra que el desarrollo basado exclusivamente en los recursos naturales suele estar acompañado de riesgos importantes. Las materias primas han generado períodos de crecimiento económico en numerosos países latinoamericanos, pero rara vez han sido suficientes para impulsar una transformación estructural sostenible. La plata, el azúcar, el café, el banano, el petróleo y el cobre permitieron el surgimiento de ciclos económicos favorables, aunque muchos países continuaron dependiendo de los mercados internacionales sin desarrollar las capacidades científicas e industriales necesarias para avanzar hacia actividades de mayor valor agregado.

La República Dominicana debe considerar otro riesgo que suele recibir poca atención en el debate público. Los avances en la ciencia de los materiales podrían reducir o incluso eliminar la importancia estratégica de determinados minerales que hoy parecen indispensables para la producción de tecnologías avanzadas. La historia de la innovación demuestra que ningún recurso mantiene su relevancia para siempre, ya que el progreso científico modifica constantemente los procesos productivos y redefine las necesidades industriales.

Las investigaciones relacionadas con nuevas arquitecturas de semiconductores, la computación óptica, los materiales sintéticos, la computación neuromórfica, los sistemas avanzados de reciclaje y las tecnologías cuánticas avanzan con rapidez. Cualquiera de estos desarrollos podría reducir significativamente la dependencia de determinados minerales utilizados actualmente en la fabricación de chips. Una estrategia nacional basada exclusivamente en la extracción de tierras raras podría quedar expuesta a descubrimientos realizados en centros de investigación situados a miles de kilómetros del territorio dominicano.

La evolución tecnológica ofrece numerosos ejemplos. El carbón dejó de ocupar el lugar dominante que tuvo durante la primera revolución industrial. El petróleo transformó el sistema energético mundial. El silicio revolucionó la industria electrónica. Ninguno de estos cambios ocurrió de manera inmediata, pero todos modificaron profundamente el valor estratégico de los recursos que habían definido una etapa anterior del desarrollo económico.

Por esta razón, la República Dominicana debería considerar sus depósitos de tierras raras como un punto de partida y no como una estrategia de desarrollo en sí misma. El recurso más importante de la revolución de la inteligencia artificial no se encuentra bajo tierra. Los países que liderarán esta transformación serán aquellos capaces de formar científicos, ingenieros, programadores, especialistas en datos, diseñadores de semiconductores, investigadores y emprendedores capaces de generar conocimiento, desarrollar tecnologías y crear propiedad intelectual.

El capital humano debe convertirse en el eje central de la estrategia nacional. Las inversiones en educación, investigación, innovación, ciencia, ingeniería, matemáticas, informática y manufactura avanzada no deberían interpretarse como simples políticas educativas, sino como decisiones estratégicas capaces de definir la posición económica del país durante las próximas décadas. Las universidades, los centros de investigación, los institutos tecnológicos y las alianzas entre el sector público y el sector privado serán mucho más determinantes para el futuro del país que cualquier depósito mineral.

La inteligencia artificial también plantea desafíos que van mucho más allá del ámbito económico. En 1984, George Orwell describió una sociedad en la que la vigilancia se había convertido en el principal instrumento de control político. Aunque su obra fue concebida como una crítica a los regímenes totalitarios del siglo XX, muchas de sus advertencias adquieren una nueva dimensión en la era de la inteligencia artificial.

La versión contemporánea del Gran Hermano podría no surgir exclusivamente de los gobiernos. Las grandes empresas tecnológicas controlan cantidades masivas de información, desarrollan algoritmos capaces de analizar el comportamiento humano y gestionan plataformas digitales que influyen sobre la forma en que millones de personas se comunican, consumen información y participan en la vida pública.

La visión de Orwell y la teoría del micropoder de Moisés Naím describen dos dimensiones de un mismo fenómeno. Por un lado, el poder se está descentralizando porque los gobiernos ya no controlan de manera exclusiva el desarrollo tecnológico. Por otro, el acceso a la información y a la infraestructura digital se está concentrando en un número cada vez más reducido de empresas con una capacidad de influencia sin precedentes.

La República Dominicana enfrenta, por tanto, una decisión que trasciende el ámbito de la política minera. El verdadero desafío consiste en determinar si el país se limitará a desempeñar el papel de proveedor de materias primas o si aprovechará esta oportunidad para construir una economía basada en el conocimiento y la innovación. La riqueza mineral puede abrir una puerta, pero solo la educación, la investigación y el desarrollo del capital humano permitirán convertir esa oportunidad en una fuente permanente de crecimiento económico y de influencia geopolítica.

El futuro de la República Dominicana no dependerá exclusivamente de los yacimientos de tierras raras de Pedernales, sino de su capacidad para formar una nueva generación de científicos, ingenieros, investigadores y emprendedores capaces de transformar una ventaja temporal basada en los recursos naturales en una estrategia sostenible de desarrollo y liderazgo tecnológico.

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