Imagina a una adolescente de 15 años revisando su teléfono por décima vez en una hora. No busca un mensaje importante. Busca saber cuántos “me gusta” tiene su última foto. Si el número es bajo, su ánimo cae. Si es alto, respira. Esa escena se repite hoy en miles de hogares dominicanos.

En la primera infancia, la pantalla funciona como anestesia digital. En la adolescencia se transforma en algo distinto: un espejo distorsionado, donde el valor personal se mide en interacciones virtuales.

Una crisis que ya tiene números

Esto no es percepción. Es una realidad medible.

En República Dominicana, el 20% de la población presenta algún trastorno mental, y la ansiedad es el más frecuente, con una prevalencia de 5.7%, según datos publicados en 2025 por la revista Archivos Dominicanos de Pediatría y Adolescencia (ADOPA), de la Sociedad Dominicana de Pediatría.

A nivel iberoamericano, la cifra es aún más dura: 16 millones de adolescentes viven con algún trastorno mental, 15% de esa población, de acuerdo con un informe de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), publicado en 2026. Entre 2000 y 2021, la ansiedad juvenil pasó de 5.5% a 7.3%. Y un 44% de los jóvenes de la región dice sentir tristeza, angustia o desesperanza.

Detrás de esos números hay una causa que se repite: más del 60% de la juventud reporta “ansiedad digital”, según cifras de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

El adolescente promedio pasa 3 horas y 32 minutos al día en redes sociales, por encima del promedio de Norteamérica y Europa. Y superar las 3 horas diarias duplica el riesgo de síntomas de ansiedad y depresión, según el Surgeon General de Estados Unidos.

¿Por qué el cerebro adolescente es más vulnerable?

La adolescencia es la etapa donde se construye la identidad. El joven busca responder: “¿quién soy y cuál es mi lugar en el mundo?”.

Antes, esa pregunta se resolvía en el barrio, la escuela, la familia. Hoy se resuelve frente a una pantalla que expone al adolescente, las 24 horas, a cuerpos editados y vidas que parecen perfectas.

El lóbulo frontal, la parte del cerebro que regula el juicio y la autorregulación, todavía está en construcción durante estos años. Por eso, cuando el joven se compara con esos referentes irreales, su cerebro interpreta la diferencia como una falla personal.

Un ejemplo cotidiano: un muchacho sube una foto en la playa y espera reacciones. Si no llegan rápido, no piensa “quizás nadie ha abierto la app”. Piensa “no le importo a nadie”. Ese salto, de un dato neutro a una herida personal, es el corazón del problema.

Cuando el silencio se vuelve rechazo

El cerebro adolescente es altamente sensible a la recompensa social. Por eso muchos duermen con el teléfono bajo la almohada: temen perderse algo, o necesitan confirmar que su publicación fue aceptada.

Cuando el “like” no llega, el silencio de la red se lee como rechazo colectivo. Y ese rechazo percibido puede empujar al joven hacia el aislamiento, justo en el momento en que más necesita compañía real.

El costo en el hogar

Esta dinámica también rompe la conexión familiar. Muchos adolescentes se encierran en su cuarto, usan el celular como escudo y evitan el cara a cara.

La comunicación se reduce a monosílabos. Las discusiones por el uso del dispositivo se vuelven diarias. Y el hogar, que debería ser refugio, se convierte en otro campo de tensión.

La salida no es prohibir, es acompañar

Quitar el teléfono de golpe no resuelve nada. Solo aumenta la distancia. Lo que funciona es pasar de “fiscalizador digital” a “faro de seguridad emocional”.

Eso significa sentarse a conversar sin juzgar. Cuestionar juntos, con curiosidad, la falsedad de un filtro. Y, sobre todo, decirle al hijo o hija, con palabras y con presencia real, que su valor no depende de ninguna plataforma.

El lazo familiar más fuerte es el que ofrece aceptación incondicional. El único espejo que refleja el verdadero valor de un adolescente es la mirada de quienes lo aman sin condiciones.

Triangulación creada con IA

Dr. Manuel A. Castillo Rodríguez

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