La mediocracia no se limita a la figura del político mediocre; se extiende a las instituciones que deberían garantizar el equilibrio democrático. Cuando los cargos públicos se asignan por lealtades partidarias y no por méritos, las instituciones dejan de ser guardianas de la Constitución para convertirse en instrumentos de clientelismo. El resultado es un Estado debilitado, incapaz de cumplir con su función esencial: servir al ciudadano.

La institucionalización del fracaso

La mediocracia ha convertido la política en un espacio donde la incompetencia se normaliza. Se premia la obediencia y se castiga la excelencia. Los mejores son marginados, mientras los mediocres ascienden en la escala del poder. Este fenómeno, lejos de ser casual, constituye un sistema que perpetúa el fracaso y bloquea cualquier intento de transformación social.

La erosión del orden constitucional

La Constitución dominicana establece que los partidos políticos son instituciones públicas con deberes hacia la sociedad. Sin embargo, en la práctica, han sido secuestrados por intereses particulares. La mediocracia erosiona el principio de separación de poderes, pues quienes llegan al Congreso o al Ejecutivo carecen de independencia y se subordinan a la lógica del reparto. La justicia, a su vez, se ve contaminada por designaciones mediocres que responden más a compromisos políticos que a la defensa de la legalidad.

La política como negocio

La política se ha transformado en un mercado de favores. Los mediocres, incapaces de sostener un proyecto de nación, convierten la función pública en un negocio rentable. Se reparten ministerios, direcciones y contratos como botín, mientras la ciudadanía observa con apatía. La mediocracia, así, se convierte en una ideología de conveniencia: un sistema que premia la obediencia y castiga la excelencia.

El ciudadano frente al lecho de Procusto

El mito de Procusto cobra vigencia en nuestra realidad política. El aventajado, el que propone ideas, el que busca transformar, es mutilado para encajar en la medida de los mediocres. La ciudadanía, al permanecer indiferente, se convierte en cómplice de esa mutilación. La falta de educación política crítica y la apatía electoral perpetúan el ciclo de la mediocracia.

La mediocracia no es solo un problema de liderazgo, es un cáncer institucional que corroe las bases del Estado. Mientras los mejores sean silenciados y los mediocres premiados, la República Dominicana seguirá atrapada en el lecho de Procusto. La Constitución se convierte en letra muerta, las instituciones en cascarones vacíos, y la política en un negocio indigno.

“Cuando las tareas públicas están caracterizadas por una noción de promoción o premio, a mil kilómetros de las virtudes ciudadanas y los méritos académicos, se cuelan aquellos cuyo sentido de destrezas se traduce en lisonjeros, alcahuetes, alabarderos de poca monta y carentes del sentido ético. Que ellos prosperen es la mejor evidencia del modelo de sociedad invertido que debemos superar”.-(Guido GDómez).

La patria no puede sobrevivir bajo el dominio de los mediocres. O recuperamos la virtud ciudadana y exigimos excelencia, o nos resignamos a vivir en un Estado mutilado por la mediocridad. La historia no absuelve a los pueblos que toleran la mediocridad como norma: los condena a la decadencia.

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