«Yo pienso que Cuba no es un Estado democrático y ellos mismos se están dando cuenta de que tienen que hacer un cambio, y están en esa dirección. Nuestra alianza estratégica es con los Estados Unidos», le dijo el presidente Abinader a un periodista argentino.

Entre las fortalezas del presidente Abinader destaca que no es un demócrata de cartón ni de la boca para afuera. Lo demostró con la erradicación del caudillismo en la reforma constitucional que impulsó. También en momentos regionales turbulentos nos representó con dignidad, exigiéndole al régimen dictatorial de Venezuela la publicación de todas las actas electorales, su escrutinio y el respeto a los resultados emanados de la voluntad popular. Esto contrastó con otros actores internacionales que acudieron a legitimar la dictadura de Maduro y que solo cambiaron de postura cuando se vieron acorralados por la opinión pública.

Hoy, la República Dominicana no está al margen de lo que ocurre en una región revitalizada por el liderazgo del presidente Trump; una realidad que, quiérase o no, resulta conveniente para nuestro país. Esta administración mantiene una defensa radical de la frontera —nuestra principal amenaza a la seguridad nacional—, emprende una lucha frontal contra el narcotráfico y lidera una cruzada a favor de los valores de la democracia liberal: la libertad, la prensa libre y las elecciones transparentes.

Cuba vive bajo un régimen que carece de razón de ser. Tras 67 años de sometimiento, su único legado estadístico es la pobreza. Los apagones prolongados, la escasez de alimentos de primera necesidad y la estupefacción de los ciudadanos cubanos al pisar por primera vez un supermercado extranjero evidencian la precariedad de un sistema incapaz de proveer bienes de consumo básicos bajo la retórica de la «revolución cubana».

La caída de Maduro terminó de desnudar el fracaso económico de un régimen parasitario del petróleo venezolano. Asimismo, el embargo económico de los Estados Unidos sobre el Grupo de Administración Empresarial (GAESA) —la cúpula militar de las Fuerzas Armadas Cubanas que monopoliza la economía— demuestra la asimetría del poder: mientras la mayoría es sometida a la carestía, la oligarquía militar acumula fortunas en el extranjero estimadas en más de 18,000 millones de dólares.

El Estado dominicano no podía permitir que, bajo el manto diplomático, operaran servicios de inteligencia cubanos alineados con el eje autoritario de Nicaragua, Rusia e Irán, los cuales contravienen los intereses de nuestra principal alianza regional y el escudo de las Américas.

Por esta razón, la República Dominicana se suma al bloque de países que reafirman sus intereses estratégicos e invoca el artículo 9 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas. Al declarar inaceptable la permanencia de estos agentes y exigir la salida de varios diplomáticos cubanos y sus familiares, se envía una señal inequívoca: nuestro país asume un rol proactivo en la defensa y promoción de los valores democráticos.

Tarde o temprano, los 67 años de revolución serán consignados a la historia por lo que realmente son: una etapa oscura de atraso, hambre y miseria. Cuba transitará finalmente hacia lo que siempre debió ser: una democracia estable y próspera. ¡CUBA LIBRE CARAJO!

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