Con cuánta facilidad, cuando estamos contrariados, heridos u ofendidos, dejamos que nuestras emociones gobiernen nuestra boca. Hablamos sin pensar y pronunciamos palabras que pueden herir y destruir la vida de quienes nos rodean.
Muchas veces lo hacemos sin estar conscientes del daño que ocasionemos porque hemos permitido que esa forma de reaccionar se convierta en un hábito. Sin embargo, toda palabra que sale de nuestra boca refleja la condición de nuestro corazón y afecta nuestro testimonio delante de Dios, de nuestra familia y de los que nos rodean.
La Palabra nos advierte que de toda palabra daremos cuenta en el día del juicio. Nuestras palabras tienen peso eterno; con ellas podemos ser justificados o condenados. Lo que hablamos revela lo que realmente habita en nuestro interior.
Por eso, es tiempo de examinar nuestro corazón y permitir que el Espíritu Santo nos confronte, nos limpie y transforme nuestra manera de hablar. Solo cuando él gobierna nuestra vida nuestras palabras se convierten en bálsamo de consuelo, restauración y bendición.
Anhelemos que de nuestra boca broten siempre palabras de vida y no de muerte; palabras que edifiquen, restauren y glorifiquen a Dios. Recordemos que una sola palabra puede levantar a un corazón quebrantado o destruir una vida. Que cada palabra que pronunciemos sea un reflejo de Cristo y produzca vida en quienes la escuchen.