“El costo de la vida sube otra vez…
El peso que baja, ya ni se ve.
Y las habichuelas no se pue’ comer,
ni una libra de arroz, ni una cuarta e’ café…”
Si usted es dominicano, me imagino que ha iniciado la lectura de esta columna cantando. No es casualidad. Han transcurrido más de tres décadas desde que Juan Luis Guerra lanzó “El costo de la vida”, como parte de su álbum Areíto. Sin embargo, pocas veces esa canción había sonado tan actual como ahora.
Como periodista, mi trabajo es tener siempre el oído puesto en la voz —y en el corazón— del pueblo. Por eso, en estos días basta entrar a cualquier grupo de WhatsApp, recorrer cualquier barrio, montarse en un carro público o detenerse unos minutos frente a la caja de un supermercado para escuchar el clamor de una especie de olla colectiva.
La gente se está quejando de que el dinero no le da, no le alcanza. “No hay dinero circulando”. “Las ventas están flojas”. “Estoy gastando mucho en el súper”. “La luz está llegando carísima”. Son solo algunas de las expresiones que se escuchan con frecuencia.
Y sabemos, justamente por conocer al pueblo dominicano y su idiosincrasia, que el dominicano promedio siempre se queja y suele decir que la cosa —la economía— está mala.
Pero lo de ahora llama mi atención por un elemento en particular: esta vez el clamor parece ser colectivo y no se están quejando los mismos de siempre. Y bien dicen por ahí que cuando el río suena, piedras trae.
Si nos vamos a los datos, otra característica propia del periodismo, encontramos que las estadísticas oficiales siguen hablando de crecimiento económico, estabilidad macroeconómica e inversión extranjera.
El Banco Central acaba de publicar el análisis del comportamiento de la economía dominicana durante el primer semestre del año, uno de los cortes más importantes para evaluar su desempeño. El informe registra un crecimiento acumulado de 4.5 % y una expansión interanual de 6.4 % en junio, la cifra más alta de lo que va de 2026.
No obstante, la conversación cotidiana parece ir por otro camino.
Y en economía, como en la vida, la percepción importa tanto como los números.
Y ojo: es justo reconocer que la República Dominicana no vive aislada del resto del mundo. La inflación de los últimos años, las tensiones geopolíticas, los conflictos armados, las disrupciones en las cadenas de suministro y la incertidumbre que aún persiste en la economía internacional han afectado el costo de la vida en prácticamente todos los países. Muchas de las inquietudes que hoy expresan los dominicanos responden también a ese contexto global, sobre el cual ningún gobierno tiene un control absoluto.
Pero, reitero, las percepciones también son una realidad política. La encuesta Gallup República Dominicana, publicada por Diario Libre el 15 de julio de este año, reveló que seis de cada diez dominicanos califican como mala o muy mala la situación económica del país, mientras una mayoría también percibe un deterioro de la economía de su hogar.
Ese dato confirma la existencia de un sentimiento de olla colectiva del que estoy hablando.
Los gobiernos suelen concentrarse en comunicar indicadores. Los ciudadanos, en cambio, hacen cuentas.
Una familia no mide el crecimiento del PIB cuando llena el tanque de gasolina ni calcula la inversión extranjera mientras paga la compra del supermercado. Evalúa algo mucho más sencillo: si el salario alcanza o no alcanza.
Por eso conviene escuchar esa “olla colectiva” antes de descalificarla como simple pesimismo. Las percepciones, acertadas o no, terminan moldeando decisiones económicas y, sobre todo, decisiones electorales.
En 1992, la campaña de Bill Clinton inmortalizó una frase que terminó explicando una elección completa: “It’s the economy, stupid.”
Parafraseándola para nuestra realidad, el mensaje merece ser atendido con seriedad por cualquier gobierno: es la economía. Porque ningún indicador sustituye la tranquilidad de una familia cuando siente que puede vivir con dignidad. Y porque, al final, los ciudadanos no votan únicamente por los datos que leen; votan, sobre todo, por el país que sienten en sus bolsillos.