La planificación estratégica territorial no consiste en aplicar metodologías y esquemas internacionales enlatados. Igualmente, se aleja de diagnósticos de escritorios y adopción de panaceas universales.
Cada municipio, provincia o región posee cultura, identidad, liderazgo, vocación y economía concreta. Ningún territorio crece únicamente, por directrices, leyes y normas.
La metodología es efectiva si desata la creatividad ciudadana, genera diagnósticos e iniciativas que agregan valor a las sociedades que construyen de abajo arriba, un plan estratégico.
La planificación estratégica genuina surge del territorio y de la construcción colectiva de una visión compartida del futuro deseable. Su propósito no es producir documentos, sino fortalecer el capital comunitario, gobernanza y consensos construidos con lo que Robert Putnam denominó «cohesión social».
Desde mediados del siglo XX quedó evidenciado el agotamiento de la planificación centralizada y normativa. Los modelos verticales privilegiaron el control administrativo del Estado sobre la participación social. Se concretó su escasa capacidad para transformar la sociedad local.
Por eso, no debiera reducirse la planificación a una obligación legal. Ninguna ley genera por sí misma confianza, liderazgo o participación. Estos valores surgen de la auténtica concertación entre ciudadanía, gobiernos, empresas, universidades y organizaciones sociales.
Autores como Drucker, Matus, Castells, Borja y Boisier impulsaron enfoques participativos de planificación y gobernanza.
En República Dominicana también contribuyen Corral, González Morel, Mirabal, Yunén, Rancier, Dorrejo, Matías, Castellanos y quien suscribe, entre otros.
Es una alerta no confundir un “plan estratégico con un inventario de obras”. La infraestructura y edificaciones sólo adquieren sentido cuando responden a visiones colectivas y estructurantes del territorio.
Persiste además la “planificación en guagua voladora”. Procesos acelerados para cumplir requisitos, obtener financiamiento y exhibir resultados inmediatos. Se generan documentos, que no fortalecen las capacidades locales, ni consolidan instituciones.
La experiencia de más de 150 ciudades y regiones iberoamericanas demuestra que los planes exitosos poseen identidad propia, mecanismos permanentes de participación y evaluación, y una cultura de cooperación que trasciende los períodos gubernamentales.
Barcelona marcó un referente con su plan estratégico 1988. En República Dominicana hay genuinos procesos de planificación sostenible en La Altagracia, Espaillat, Peravia, San Cristóbal, San Juan y Santiago, cada uno con sus particularidades sociogeográficas.
Hoy, cambio climático, inversiones creativas, disrupción tecnológica y nuevas vulnerabilidades, imponen recuperar la esencia de la planificación estratégica territorial.
Construir visiones, fortalecer instituciones y convertir la inteligencia colectiva en el principal motor del desarrollo.
Las sociedades locales principalmente prosperan no por la cantidad de planes publicados y proyectos ejecutados, sino por la calidad de la visión común acordada.