Genaro Santana Calderón, mejor conocido como “Chicho el Limpiabotas” junto a su esposa y sus hijos. (Ilustración: Henry Martínez)
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EL NUEVO DIARIO, HATO MAYOR DEL REY.– Durante 34 años, Genaro Santana Calderón, mejor conocido como «Chicho el Limpiabotas», ha ocupado la misma silla en el parque central de Hato Mayor del Rey, limpiando zapatos.
Desde allí no solo ha ganado el sustento diario, sino que construyó una familia, levantó varias viviendas propias y sacó adelante a 12 hijos, seis biológicos y seis de crianza, demostrando que la dignidad del trabajo puede convertirse en la mejor herencia.
Cinco de esos hijos alcanzaron una profesión universitaria y los demás aprendieron oficios técnicos que hoy les permiten vivir con independencia, lo que le da mayor relevancia al esfuerzo y dedicación del abnegado padre.
Para Chicho, ese es el mayor premio de una vida dedicada al esfuerzo.

«Todos esos muchachos fueron criados limpiando zapatos, los seis ajenos y los míos, y toditos estudiaron«, expresó a El Nuevo Diario con visible emoción.
Entre los hijos que procreó con su esposa, Romelia Severino Ramírez, hay dos profesores, dos mecánicos, un maestro constructor y una estilista con negocio propio.
En tanto que, de los hijos de crianza destaca también un ingeniero civil, además de una profesora, mientras los demás aprendieron distintos oficios. Hoy todos son adultos, tienen sus propios hogares y mantienen un estrecho vínculo familiar.
Sus hijos son su orgullo
Chicho dijo que sus descendientes representan un orgullo, tanto para él como para su esposa.
“Yo creo que como mis hijos son pocos, como mis hijos son pocos, todavía son profesionales y son todos mayor de edad y aquí vienen a comer a las doce, todos, y en la noche vienen a cenar”, expresa cargado de satisfacción.

Su complacencia también se observa cuando Chicho recuerda que además de contar con un oficio digno, sus hijos también tienen sus casas propias.
Junto a su esposa, a quien apodan dominga, Santana Calderón tuvo a María Victoria (profesora), Johan (mecánico), José Manuel (maestro constructor) Jonathan (mecánico), Suleika (estilista) y Carlos Manuel (profesor).
Mientras que sus hijos de crianza, que a la vez son sobrinos de su esposa son Juana Padilla (profesora), Ruth Delania Padilla, Francisco Padilla (Ing. Civil), Marialy Varela, Yolie Valera y el nieto de 16 años, Ángel Isamel Rodríguez Santana.
Sobre sus hijos genéticos y de crianza, Chicho recuerda que los dotó «de un todo» hasta que empezaron a trabajar.
“Ya después que estaban grande ellos tenían su trabajito y se ayudaban y yo los ayudaba”, dijo.
Donde comenzó todo
La historia de Chicho comenzó hace 57 años en la sección Manchado, en Hato Mayor. Nació en una familia humilde integrada por 19 hermanos, de los cuales sobreviven ocho.
A los seis años dejó el campo para vivir con una madrina en el sector Maquiteria, Santo Domingo Este, donde permaneció hasta los 16 años trabajando en un colmado. Allí apenas recibía comida y algo de ropa, situación que le impidió continuar estudiando más allá del cuarto curso de primaria.
Más adelante trabajó en otro colmado en Sabana Perdida, propiedad de un militar que quedó impresionado por su responsabilidad.
«Ese señor me decía que le encantaba como yo trabajaba y mi forma de ser, por eso me propuso irme a trabajar con él», recordó.
Sin embargo, un año después regresó a Hato Mayor convencido de que debía abrirse camino por cuenta propia.

Ya en Hato Mayor, con 17 años, Chicho estaba consciente que el destino no le depararía maravillas si no se sacrificaba.
Esa filosofía lo llevó a emplearse en lo primero que apareció, acondicionando un campo de chinas a base de machete.
Para ese entonces transcurrían los meses del año 1990 y el inspirador hombre recuerda que vivía alquilado en una habitación ubicada en el sector Gualey. Para ese momento acababa de casarse con la que sería la madre de sus hijos.
El salario era insuficiente, por lo que decidió buscar otra alternativa que le permitiera sostener a la familia.
Su primer intento fue vender caña y naranjas peladas en el parque central de su pueblo. Mientras atendía ese pequeño negocio observaba el movimiento constante de los limpiabotas y comprendió que allí había una oportunidad.
«Le dije a mi esposa, mira mi amor, se me metió otra idea en la cabeza. Yo veo que a los limpiabotas se les va la gente porque no dan abasto. Voy a hacer una limpiabotas y me voy a sentar ahí’», narró.
La decisión no fue bien recibida por quienes ya ejercían el oficio, pero Chicho les prometió que nunca llamaría clientes ajenos.
Esperaría, simplemente, a que quienes necesitaran el servicio se acercaran a él por voluntad propia.

“Yo le dije, miren yo no le voy a llamar clientes a ninguno de ustedes, yo tengo esa silla ahí con la limpia botas, si vienen clientes y se sientan ahí yo le limpio, sin llamarlo, yo no voy a llamar ninguno de sus clientes, y me dijeron, ah bueno, pues si es así no hay problema”, recordó.
Los primeros días fueron difíciles, pero nunca cambió una regla que convirtió en su sello personal, “limpiar cada zapato como si fuera mío”.
Esa dedicación hizo que, poco a poco, los clientes comenzaran a buscarlo gracias a la calidad de su trabajo, razón por la que tomó la iniciativa de quedarse solo limpiando zapatos.
Desde 1992 la caja de limpiar zapatos ha sido su único medio de vida.
«Le agradezco mucho a esa limpia bota», afirma con gratitud.
Una de sus primeras metas
Con ese mismo oficio logró cumplir otro de sus grandes objetivos, dejar de pagar alquiler.
Explicó que, cuando apenas tenía tres hijos compró un pequeño solar por RD$4,900 en el sector Las Chinas. Junto a su hijo Johan comenzó a levantar la vivienda con sus propias manos.

«Yo le dije a mi hijo más grande, Johan, hijo, vamos a hacer esta casa entre tú y yo. Tú me agarras los palos y yo clavo’», recordó.
En esa vivienda crecieron los doce muchachos.
Nunca faltó la comida
Consultado sobre si la situación económica llegó a impactarlo a tal punto de que la comida se escasera en el hogar, Chicho aseguró sin antes agradecer a Dios que nunca le hizo falta el moro.
«Dios a sus hijos no le falla. Siempre me daba ese pan de cada día para esos muchachos», expresó.
Sostuvo que en su casa siempre se preparaban las tres comidas del día “y algo más”, enfatizando que nunca pasaron hambre.
Incluso enseñó a sus hijos una lección que todavía recuerda con orgullo.
«Cuando ustedes estén en recreo y vean a un niño que se queda mirándolos, denle de lo que estén comiendo, porque eso es que tiene hambre», les repetía.
La crianza familiar
Más que estudios, Chicho dice haber procurado formar personas de bien.
Recordó que sus hijos crecieron bajo reglas claras, alejados de las calles y enfocados en la familia y la educación.
«A las ocho de la noche ya mis hijos estaban durmiendo. Esos nunca andaban en las calles, siempre estaban aquí en la casa», sostuvo.

Hoy, asegura, la mayor satisfacción no es verlos convertidos en profesionales o técnicos, sino comprobar que todos trabajan honradamente, tienen sus propias viviendas y mantienen viva la costumbre de regresar al hogar paterno.
«Aquí vienen a comer a las doce todos y en la noche vienen a cenar», dice con una sonrisa que refleja el orgullo de un padre que hizo de la humildad su mayor riqueza.
Sigue en su oficio
34 años después, Chicho continúa cada mañana en el parque central de Hato Mayor, donde conserva una amplia clientela, según sostuvo.
«A mi me va muy bien, tengo muchos clientes, por lo que seguiré en esta labor por muchos años más», comentó.

Limpiar un par de zapatos cuesta entre RD$50 y RD$300, dependiendo del trabajo requerido.
Linda historia
Sentado frente a su caja de limpiabotas, este hombre demuestra cada día que ningún oficio es pequeño cuando se ejerce con honestidad, disciplina y amor por la familia.
La historia de Chicho es prueba de que, muchas veces, los grandes héroes no llevan traje ni corbata, si no un cepillo en las manos y una vida entera dedicada al sacrificio.
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