Pocos libros han ejercido una influencia tan profunda sobre el pensamiento militar como El arte de la guerra. Resulta sorprendente si se considera que fue escrito hace más de 2,500 años, durante el período de Primaveras y Otoños en China. Sin embargo, las ideas de Sun Tzu no solo han resistido el paso del tiempo, sino que parecen más vigentes que nunca en una época marcada por la rivalidad geopolítica, los conflictos regionales y una creciente incertidumbre, en la que el uso de la fuerza militar sigue estrechamente ligado a la diplomacia, la economía y la competencia por la influencia global.

Aunque fue concebido como un tratado sobre la conducción de la guerra, su influencia trasciende ampliamente el ámbito militar. Políticos, diplomáticos, economistas e incluso líderes empresariales han encontrado en sus páginas principios aplicables a la toma de decisiones en escenarios de incertidumbre. En un momento en que el sistema internacional atraviesa un proceso de creciente fragmentación, El arte de la guerra ofrece un marco útil para comprender no solo el conflicto que involucra a Irán, sino también la transformación del orden mundial.

El conflicto en torno a Irán va mucho más allá de las operaciones militares. Se ha convertido en una prueba de resistencia, estrategia, voluntad política y fortaleza económica, poniendo de manifiesto que una superioridad militar abrumadora no garantiza necesariamente el éxito político. La historia ha demostrado, una y otra vez, que los ejércitos más poderosos pueden imponerse en el campo de batalla y, aun así, fracasar en la consecución de sus objetivos estratégicos, porque destruir objetivos militares es muy distinto de construir estabilidad o alcanzar una paz duradera.

Sun Tzu comprendió esta realidad hace siglos cuando afirmó que la victoria suprema es aquella que se obtiene sin necesidad de librar largas guerras. Para él, el empleo de la fuerza debía estar siempre subordinado a un objetivo político y nunca convertirse en un fin en sí mismo. Cuando las operaciones militares comienzan a dictar las decisiones políticas, en lugar de servirlas, incluso las victorias tácticas pueden terminar siendo estratégicamente irrelevantes si no producen un equilibrio de poder más favorable una vez concluidos los combates.

Ese dilema resulta cada vez más evidente en la confrontación actual. Estados Unidos posee la capacidad de atacar instalaciones militares, bases de misiles, centros de mando e infraestructura estratégica en territorio iraní, pero ninguna de esas operaciones garantiza por sí sola un resultado político favorable. Un Estado puede perder parte de su capacidad militar y, aun así, conservar la voluntad, los recursos y la capacidad suficiente para continuar resistiendo. En otras palabras, el éxito militar no siempre se traduce en éxito estratégico.

Durante décadas, Irán se preparó para un escenario como este. En lugar de intentar igualar a Estados Unidos tanque por tanque o avión por avión, Teherán optó por desarrollar capacidades destinadas a compensar la enorme ventaja convencional estadounidense mediante misiles balísticos, drones, operaciones cibernéticas y una extensa red de aliados y grupos armados distribuidos por toda la región. Su objetivo nunca fue derrotar militarmente a Estados Unidos en una guerra convencional, sino elevar el costo de una confrontación prolongada mientras reducía al máximo sus propias vulnerabilidades. Esa lógica coincide casi perfectamente con una de las principales enseñanzas de Sun Tzu: evitar enfrentar al adversario donde es más fuerte y obligarlo, en cambio, a combatir en condiciones menos favorables.

Esta estrategia explica también por qué el conflicto trasciende ampliamente las fronteras iraníes. La presión sobre el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz y en el mar Rojo demuestra cómo una guerra regional puede transformarse rápidamente en un problema económico global. Los mercados energéticos reaccionan de inmediato, aumentan las primas de los seguros marítimos, las compañías navieras modifican sus rutas, se incrementan los costos del transporte y las cadenas de suministro se vuelven más vulnerables. Al final, esas consecuencias terminan repercutiendo sobre consumidores de todo el mundo en forma de mayores precios de la energía, una inflación más elevada y un menor crecimiento económico, lo que confirma que las guerras modernas rara vez permanecen confinadas al lugar donde comenzaron.

Otra enseñanza constante de El arte de la guerra es la importancia de conocer al adversario. Subestimar sus capacidades o interpretar erróneamente sus intenciones ha llevado históricamente a gobiernos y ejércitos a cometer graves errores de cálculo. Con demasiada frecuencia, la superioridad tecnológica o el mayor poder de fuego han generado la ilusión de una victoria rápida, sin valorar adecuadamente la resistencia política, cultural o ideológica del enemigo. La historia contemporánea está llena de conflictos que comenzaron con expectativas de campañas breves y terminaron convirtiéndose en guerras largas, costosas y políticamente desgastantes.

Ese riesgo sigue plenamente vigente. La fuerza militar representa solo uno de los componentes del poder nacional. En la actualidad, los conflictos también se deciden por la solidez de la economía, la capacidad industrial, el respaldo de la opinión pública, la innovación tecnológica, la fortaleza de las alianzas y la disposición de una sociedad para sostener un enfrentamiento durante largos períodos. La victoria depende tanto de la resistencia política y económica como del desempeño en el campo de batalla.

Estas consideraciones están transformando la política internacional. Los gobiernos de Oriente Medio intentan evitar verse arrastrados hacia una confrontación regional de mayores dimensiones mientras protegen sus propios intereses nacionales. Al mismo tiempo, las grandes potencias observan cuidadosamente la evolución del conflicto y evalúan tanto los riesgos como las oportunidades que surgen de un entorno de seguridad cada vez más inestable.

China enfrenta un delicado equilibrio. Su economía depende en gran medida de las importaciones de energía provenientes de Oriente Medio, mientras continúa ampliando su influencia diplomática y económica en el Sur Global. Rusia, por su parte, puede beneficiarse de unos precios internacionales del petróleo más elevados y de una mayor dispersión de la atención estratégica de Washington, aunque una prolongada inestabilidad regional también representa riesgos que Moscú difícilmente desearía asumir. Ambos gobiernos entienden que un compromiso militar prolongado de Estados Unidos abre espacios de maniobra en otras regiones del mundo, aun cuando ninguno de los dos tenga interés en un colapso total de la estabilidad regional.

Quizá la consecuencia más importante de esta confrontación se manifieste fuera de Oriente Medio. El orden internacional surgido tras el fin de la Guerra Fría descansaba sobre la premisa de que Estados Unidos disponía tanto de la capacidad militar como de la flexibilidad política necesarias para influir simultáneamente en varias regiones del mundo. Hoy esa premisa está siendo puesta a prueba a medida que los conflictos prolongados consumen recursos financieros, reducen la disponibilidad militar, absorben atención diplomática y erosionan el capital político. En esas circunstancias, los rivales identifican nuevas oportunidades, los aliados revisan sus esquemas de seguridad y numerosos países optan por diversificar sus relaciones económicas y diplomáticas en lugar de depender exclusivamente de una sola potencia.

Esto no significa necesariamente que Estados Unidos esté entrando en un proceso irreversible de declive. Más bien, sugiere que el sistema internacional parece dirigirse hacia un escenario más competitivo, descentralizado e impredecible, en el que el poder se distribuye entre varias potencias que persiguen sus propios intereses dentro de un entorno caracterizado por una competencia geopolítica cada vez más intensa y por un menor grado de consenso internacional que el existente hace apenas una generación.

Tal vez esa sea la lección de Sun Tzu que mejor explica el momento actual. Para el estratega chino, la fuerza militar nunca debía juzgarse por el nivel de destrucción que era capaz de producir, sino por las ventajas políticas que lograba generar. El conflicto que involucra a Irán terminará en algún momento, como ocurre con todas las guerras. La verdadera incógnita no es cuándo cesarán los combates, sino qué tipo de orden internacional emergerá después y si ese nuevo escenario será más estable, más próspero y seguro o, por el contrario, acelerará la fragmentación geopolítica que ya está redefiniendo la política mundial.

Más de veinticinco siglos después de haber sido escrito, El arte de la guerra continúa recordándonos que la estrategia exige mirar más allá de la siguiente batalla y concentrarse en el orden político que surgirá una vez concluido el conflicto. Después de todo, el verdadero éxito nunca ha consistido únicamente en ganar combates, sino en construir una paz más favorable, estable y duradera.

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