El peso se apreció 7.8% frente al dólar desde final de diciembre de 2025 hasta el 17 de julio, lo que ha tenido impacto positivo sobre la economía a través del menor precio pagado en pesos por importaciones de bienes, incluyendo petróleo, crecientemente caro. En 2025 la factura representó 15.9% del total importado y 3.7% del PIB.
Por la escalada militar entre Estados Unidos e Irán y los riesgos para el transporte energético en el estrecho de Ormuz, el barril de crudo se ha encarecido. El West Texas Intermediate aumentó 47.1%, de US$57.97 en diciembre 2025 hasta US$81.37 el 17 de julio 2026.
La apreciación de la moneda ha contribuido a mantener la capacidad adquisitiva de los dominicanos y recuperar el crecimiento de la demanda interna, lo que, combinado con mayor aportación del sector exterior neto por el fuerte aumento de las ventas externas, contribuirá a acelerar el crecimiento del PIB real en 2026.
No obstante la apreciación del peso frente al dólar, la economía no ha perdido competitividad; lo muestra el crecimiento de 14.8% de las exportaciones a precios corrientes, de US6,879.1 millones en enero-junio 2025 a US$7.897,82 millones en los mismos meses de 2026.
El crecimiento interanual de nuestras ventas externas superó al del comercio mundial, la Organización Mundial del Comercio estima un aumento muy por debajo en los primeros seis meses del año; ello quiere decir que la economía ganó cuota de mercado a precios corrientes y en volumen como hay que medirla, especialmente cuando los precios y/o tipos de cambio de las divisas fluctúan tanto como en el semestre.
La apreciación del peso no es excesiva, nos ubicamos por debajo otras divisas; por ejemplo, la de Paraguay 8.9%; Costa Rica, 10.4%; y Colombia, 16.2%.
Y contrasta con el debilitamiento mostrado por monedas de economías de igual o mayor desarrollo que Republica Dominicana, la de Uruguay perdió -3.0%, Honduras -1.8%, Chile -1.4%. Argentina -1.4% y Peru -1.4%.
En mi opinión, las siguientes razones explican la apreciación del peso. Primero, el Banco Central no ha cometido errores de política monetaria, ha cumplido con su mandato de estabilidad de precio, lo que ha sido el pilar fundamental para el valor del peso.
La historia nos cuenta la habilidad de la entidad emisora para tomar la decisión correcta y a tiempo; por ejemplo, a diferencia de otros bancos centrales de la región, no tardó en implementar política monetaria para atacar y vencer la brutal inflación de los años 2021 y 2022, con un proceso de encarecimiento del dinero, pasando de 3.0% en diciembre de 2020 a 8.50% en noviembre de 2022, y el resultado fue el que se buscaba una constante desinflación, es decir, descenso generalizado de la tasa de crecimiento de todos los precios de los bienes y servicios en el Índice de Precios al Consumidor, bajando la inflación interanual de 10.48% en mayo de 2021 a 4.43% en mayo de 2023.
En otras palabras, en 32 meses el Banco Central aumentó el costo del dinero en 550 puntos porcentuales y la inflación se desplomó en 605 puntos porcentuales en 24 meses.
Segundo, el continuo aumento flujo de divisas al país por exportación de bienes, inversión extranjera directa, remesas familiares y turismo, las estadísticas reportan que de US$30,999.0 millones en 2021, el total pasó a US$45,600.0 millones en 2025, con un aumento acumulado de 47.10%, anual de 9.42%.
Y tercero, la multiplicación de las reservas internacionales brutas del Banco Central, de US$ 8.781,8 millones en 2019 a US$ 15.332,2 millones en 2025, alcanzando el US$15,821.6 millones a final de mayo de 2026, equivalentes a 11.3% del PIB y a 5.7 meses de importaciones de bienes y servicios, por encima de los umbrales del FMI.
El fortalecimiento del peso frente al dólar de Estados Unidos durante los primeros seis meses de 2026, es uno de los factores que considera el Banco Central para su pronóstico de que este año la inflación interanual cierra dentro del rango meta, a pesar del incierto panorama internacional y crisis de precio del petróleo, con efectos negativos sobre el crecimiento mundial que ya supera los de la crisis de 1973 cuando la OPEP decretó el mayor embargo petrolero de la historia sobre Occidente, en represalia por su apoyo a Israel en la guerra del Yom Kipur y la de los primeros años de los ochenta.