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El país pierde cuando permite que se destruya una montaña, pierde también cuando no entiende cuánto vale conservarla. Las Cuevas del Pomier son una de las mayores riquezas históricas, culturales y naturales de la República Dominicana y del Caribe. Allí hay mucho más que piedra caliza: hay memoria indígena, arte rupestre, agua subterránea, biodiversidad, identidad y una posibilidad real de desarrollo turístico, educativo y científico.
Convertir ese patrimonio en polvo para alimentar cualquier actividad económica de corto plazo es una torpeza imperdonable. Ningún camión de caliza puede pagar lo que valen esas cuevas. Ninguna cantera deja más riqueza que un patrimonio bien protegido, estudiado, presentado al mundo y administrado con dignidad. El presidente Luis Abinader anunció su rescate y protección, y el Estado dominicano tiene la obligación de hacer cumplir esa decisión. No basta proclamar la importancia del Pomier, hay que sacar de allí toda actividad incompatible con su preservación, restaurar los daños y convertir la zona en un verdadero centro cultural, científico y turístico. Mientras España recibe millones por Altamira y Egipto por sus pirámides, aquí todavía hay quienes miran el Pomier como material de cantera. Esa mentalidad empobrece al país y condena a las futuras generaciones.
¿En los partidos, en los gobiernos, en los ministerios, no existen planificadores capaces de comprender que proteger puede producir más que destruir?
Defender las Cuevas del Pomier es defender una economía inteligente, una memoria irremplazable y una responsabilidad ante el mundo. Preservarlas garantiza que sigan sirviendo, por siempre, a la sociedad dominicana, al Caribe y a la humanidad. Molerlas sería estupidez; salvarlas es visión de nación.