Un ciudadano venezolano ondea una bandera de su país durante una manifestación en apoyo a la intervención de Estados Unidos en Venezuela. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

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EL NUEVO DIARIO, REDACCIÓN DIGITAL. – En sus precarias casas de campaña, la gente de Catia La Mar supo recibirnos con una sonrisa. Como si la tragedia, por inmensa que fuera, no hubiera logrado arrebatarles el último rincón de dignidad.

A falta de televisión, los niños que se perdían el Mundial jugaban fútbol con un pedazo de balón desbaratado y, entre risas, se aseguraban de incluir al cojo en el partido del día.

Zulay y Morella cocinaban para la familia. O, mejor dicho, para quienes ya se habían convertido en una. “Si ya estamos todos juntos aquí, donde comen dos, comen siete”, me dijeron con la naturalidad que solo conocen quienes han aprendido a compartir incluso lo que no tienen.

A Dayana la divisé escribiendo sobre un pedazo de mascota, refugiada del sol bajo la rendija de la lona que cubría su casa de campaña. Le pregunté qué anotaba. Bajó la mirada y me confesó que le daban vergüenza las cámaras, pero que estaba escribiendo todo lo que debía. Porque “yo tengo una hija… y la vida sigue a pesar de.”

Crucé varias veces por la misma casa de campaña solo para que la niñita me dijera hola y adiós una y otra vez con su sonrisa sin dientes, y para que el viejo, también sin dientes, me contara (con su perro al hombro) todos los acontecimientos a los que había sobrevivido en 75 años.

El hedor espantaba al espanto. Los cuervos se amontonaban sobre los lugares colapsados, de donde el viento traía una fetidez que, por un instante, me transportó al Jet Set. Hay olores que no se olvidan jamás.

Entre las losas se apilaban cadáveres y, con ellos, quedaban aplastadas las memorias de quienes un día (o muchos) fueron felices en La Guaira.

Acompañamos el vuelo humanitario que llevó desde República Dominicana médicos, medicamentos, equipos especializados y un hospital móvil para remendar los dolores y la esperanza.

Y en el mismo vuelo nos devolvimos en un sinfín de aplausos que arroparon de orgullo a nuestros 19 topos.

Al final, Venezuela hace lo que siempre ha hecho, recoge sus lágrimas con las mismas manos con la que aparta los escombros.

(La historia completa la conocerán muy pronto, en la cuarta temporada de @paracontarlord ).


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