PIE DE FOTO: Agua para empleo y seguridad alimentaria/ Foto. BM

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EL NUEVO DIARIO, WASHINGTON.- La información satelital, los incentivos de mercado y la coordinación institucional están transformando la forma en que el mundo gestiona el agua para producir alimentos y ofrecer un mejor nivel de vida a la población.

Es bien sabido que la escasez no es inevitable. Aunque siempre existirá, tampoco dejarán de surgir mecanismos desarrollados por el ser humano para enfrentar los problemas derivados de la falta de un elemento vital para la vida, como el agua, cuya disponibilidad depende en gran medida de la manera en que se administra el recurso más crítico para la agricultura.

Lo anterior está plasmado en el más reciente informe del Banco Mundial, cuya edición también examina las habilidades que están desarrollando los países a través del Índice de Capital Humano ampliado (ICH+), destaca por qué el tiempo compartido en familia sigue siendo una de las etapas más importantes para el desarrollo infantil y presenta la apertura de la oficina del Grupo Banco Mundial en Madrid, orientada a movilizar capital privado e impulsar el empleo en mercados emergentes de África y América Latina.

El organismo recuerda que para 2050 unos 10,000 millones de personas necesitarán alimentarse, mientras que cientos de millones requerirán empleos de mejor calidad y medios de subsistencia más sólidos.

Existe una gran expectativa en torno al agua como elemento clave para enfrentar ambos desafíos. El informe señala que una gestión más inteligente de este recurso puede impulsar una producción más sostenible de los sistemas alimentarios y, al mismo tiempo, generar empleos, aumentar los ingresos y favorecer un crecimiento económico más amplio.

A primera vista, todo apunta a un problema de escasez de agua. Sin embargo, la evidencia revela un desafío más amplio —y también una oportunidad— relacionado con la manera de gestionar este recurso para respaldar la producción de alimentos, el empleo y el crecimiento económico.

El Banco Mundial asegura que la agricultura sigue siendo uno de los grandes logros de la humanidad, ya que cada día produce alimentos para miles de millones de personas.

No obstante, advierte que, a medida que la población crece —en unos 200,000 habitantes diarios— y se intensifica el estrés hídrico provocado por el cambio climático, surge la interrogante de si será posible sostener la producción de alimentos mientras se respaldan los medios de subsistencia y el crecimiento económico.

El verdadero desafío no es cuánta agua existe, sino cuán desigual es su utilización para producir alimentos en el mundo.

Algunas regiones desaprovechan abundantes recursos hídricos, frenando con ello el crecimiento, el empleo y los ingresos. Otras continúan produciendo alimentos mediante la sobreexplotación de recursos ya escasos e incluso exportan cultivos cuya producción no es sostenible.

Este desequilibrio no es inevitable: responde a decisiones de política pública e inversión y, por tanto, puede corregirse.

La respuesta comienza con la forma en que se gestiona el agua. En el informe Nutrir y prosperar, el Grupo Banco Mundial plantea que una gestión más inteligente del agua en la agricultura es fundamental para afrontar este desafío.

Los países enfrentan realidades muy distintas en lo que respecta al agua y la producción de alimentos. Algunos cuentan con abundantes recursos y un potencial agrícola aún sin explotar, mientras que otros ya padecen un grave estrés hídrico y deben aprovechar cada gota con mayor eficiencia.

Algunos optan por importar alimentos como una estrategia económica deliberada, mientras que otros dependen de las importaciones por necesidad, limitados por una infraestructura deficiente y un potencial agrícola desaprovechado. También hay países que son grandes exportadores y desempeñan un papel importante en los mercados internacionales.

Estas diferencias son determinantes. El camino a seguir no pasa por una solución única, sino por una mejor alineación entre la gestión del agua, la producción de alimentos y las prioridades económicas, adaptada a la realidad de cada país.

En las regiones donde las precipitaciones son impredecibles, el riego sostenible puede incrementar considerablemente los rendimientos, llegando incluso a multiplicarlos.

Asimismo, tiene el potencial de generar al menos 245 millones de empleos en todo el mundo, especialmente en aquellos lugares donde la agricultura continúa siendo fundamental para los medios de subsistencia.

Una mejor gestión del agua va mucho más allá de garantizar alimentos: constituye un importante motor para el empleo y el crecimiento económico.

Traducir este potencial en resultados requiere tres cambios fundamentales.

En primer lugar, promover una coordinación y un liderazgo más sólidos. Los países que han transformado con éxito sus sistemas de riego agrícola consideran el agua un asunto estratégico y articulan a los sectores agrícola, ambiental, financiero, las instituciones responsables de la gestión hídrica y la sociedad en torno a una visión común.

En segundo lugar, orientar los incentivos y los servicios hacia el desempeño. Con demasiada frecuencia, el gasto público premia el uso excesivo del agua o se limita a financiar infraestructura. La oportunidad consiste en enfocarse en la prestación de servicios confiables, con una clara rendición de cuentas sobre los resultados. Con políticas y regulaciones adecuadas, los gobiernos pueden atraer la participación del sector privado, ampliar la inversión y generar mejores resultados para los agricultores.

En tercer lugar, utilizar los datos y la tecnología para fundamentar las decisiones. Demasiadas decisiones aún se toman con información incompleta. Un mayor uso de datos satelitales, herramientas digitales y sistemas abiertos puede mejorar la planificación, fortalecer la rendición de cuentas y facilitar un uso más eficiente del agua.

Estos tres cambios ya están en marcha en distintos países. En Jordania, asociaciones público-privadas, como la planta de tratamiento de aguas residuales de As-Samra, demuestran cómo las concesiones a largo plazo pueden movilizar inversiones privadas y, al mismo tiempo, ampliar la disponibilidad de agua tratada para el riego y otros usos productivos. En Nigeria, el Proyecto de Transformación de la Gestión del Riego ha impulsado prácticas más eficientes, incrementando simultáneamente la superficie de regadío y produciendo suficientes cultivos para alimentar a casi un millón de personas, principalmente de hogares agrícolas y comunidades rurales.


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