Los recientes terremotos en Venezuela, ante los cuales expresamos nuestra solidaridad con su pueblo, nos recuerdan que los desastres no comienzan cuando tiembla la tierra: comienzan cuando un país construye mal, educa poco, improvisa demasiado y deja sola a su gente. República Dominicana, ubicada en una zona sísmica y ciclónica, necesita prepararse con seriedad. Eso implica revisar escuelas, hospitales, puentes, viviendas, torres, oficinas públicas y privadas. Aplicar sin excepciones las normas de construcción, sancionar a quienes levantan edificaciones inseguras y corregir, antes de la tragedia, las estructuras vulnerables. También hace falta equipamiento: brigadas de rescate, ambulancias, radios de emergencia, plantas eléctricas, reservas de agua, alimentos, medicinas, refugios dignos y sistemas de alerta, comunicación y coordinación. Pero ningún equipo sustituye una ciudadanía formada, entrenada y consciente de su papel. La prevención debe entrar a las escuelas, juntas de vecinos, iglesias, sindicatos, universidades, empresas y barrios. Cada familia debe saber qué hacer durante un sismo: protegerse, alejarse de objetos peligrosos, no correr hacia escaleras ni ascensores, cortar gas y electricidad cuando sea seguro, identificar puntos de encuentro y preparar una mochila básica.
Después del sismo viene otra prueba: organizarse, auxiliar sin estorbar, informar sin propagar rumores, cuidar niños, envejecientes, enfermos y personas con discapacidad, y colaborar con las autoridades.
Un país preparado no elimina el terremoto; reduce sus muertos. La advertencia es clara: si las instituciones no planifican y la ciudadanía no se organiza, el próximo desastre no será solo natural, será también una irresponsabilidad humana.