Joaquín Balaguer es una de esas figuras que obligan a la República Dominicana a mirarse al espejo con honestidad. Para unos, fue el hombre de la estabilidad, de las obras públicas, del Estado que se organizaba después del trauma trujillista y la guerra civil. Para otros, fue la prolongación de una cultura autoritaria, caudillista y excluyente que confundió gobernabilidad con control.

Y quizás ahí está la pregunta de fondo:

¿Puede ser referente de la democracia quien ayudó a construir Estado, pero también debilitó libertades?

Balaguer gobernó en períodos decisivos: 1960-1962, 1966-1978 y 1986-1996. Antes había sido vicepresidente durante la estructura política vinculada al régimen de Trujillo, lo que lo coloca en el centro de una transición compleja entre dictadura, tutela, miedo y búsqueda de institucionalidad.

No se puede negar su capacidad política. Tampoco su huella material. Carreteras, parques, viviendas, edificios públicos, museos, infraestructuras y una visión de Estado constructor marcaron su paso por el poder.

Pero una democracia no se mide solo por cemento.

Se mide por la libertad del ciudadano para disentir.

Por la limpieza de las elecciones.

Por el respeto a la oposición.

Por la independencia de la justicia.

Por el derecho a vivir sin miedo.

Y ahí el legado de Balaguer se vuelve incómodo.

Los llamados “Doce Años” estuvieron marcados por denuncias de represión, violencia política, persecución a opositores y un uso del poder que dejó heridas profundas en la memoria democrática dominicana. Organizaciones de derechos humanos registraron denuncias de torturas, malos tratos y presos políticos durante gobiernos de Balaguer, además de graves cuestionamientos a sus procesos electorales.

Por eso, decir que Balaguer fue “padre de la democracia dominicana” es, como mínimo, una frase incompleta.

Fue padre de una forma de gobernar.

Fue arquitecto de una cultura política.

Fue maestro del poder.

Pero la democracia plena exige algo más que permanencia, astucia y obras.

Exige límites.

La crisis electoral de 1994 lo demuestra. Tras unas elecciones fuertemente cuestionadas, el país terminó en el Pacto por la Democracia, que redujo su mandato y abrió paso a reformas como nuevas elecciones en 1996, segunda vuelta y cambios institucionales. Ese pacto ayudó a destrancar la crisis, sí. Pero también mostró que la democracia dominicana necesitaba protegerse del mismo poder que decía representarla.

Ahí está la gran lección.

Balaguer no debe ser leído ni con odio ni con nostalgia ciega. Debe ser leído con responsabilidad histórica.

Porque cuando una sociedad idealiza el orden sin preguntarse por los derechos, corre el riesgo de volver a justificar el autoritarismo. Y cuando una sociedad solo condena sin estudiar, pierde la oportunidad de entender cómo se fabrica el poder.

La República Dominicana de hoy necesita aprender de Balaguer, pero no para repetirlo.

Necesita aprender que las obras importan, pero no sustituyen la justicia.

Que la estabilidad importa, pero no puede comprarse con silencio.

Que el liderazgo importa, pero nunca debe estar por encima de las instituciones.

Que ningún caudillo, por brillante que sea, puede valer más que una ciudadanía libre.

Balaguer es un referente histórico.

Pero no debe ser el molde de la democracia que queremos.

La democracia dominicana del futuro no puede depender de hombres fuertes, pactos de emergencia ni memorias acomodadas. Tiene que descansar en instituciones fuertes, ciudadanos vigilantes, partidos transparentes, justicia independiente y una cultura política donde el poder sirva, no se eternice.

Porque al final, la verdadera pregunta no es si Balaguer fue grande.

La verdadera pregunta es:

¿Qué tipo de grandeza queremos reconocer como país?

La grandeza del control o la grandeza de la libertad?

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