Évian (Francia)/París.- Tras mantener una comida con los directivos de las grandes plataformas tecnológicas y de inteligencia artificial y los líderes del G7, en la cumbre que termina hoy en la localidad francesa de Évian, el presidente francés, Emmanuel Macron, se lleva a su homólogo estadounidense, Donald Trump, a cenar entre los oropeles del Palacio de Versalles.

Después de pasar tres días juntos en esa localidad balnearia, en una cumbre que fuentes de la presidencia francesa calificaron hoy de «pleno al quince», Macron recibirá más tarde a Trump en el Palacio de Versalles, el mismo escenario que Luis XIV convirtió en el gran escaparate de su poder.

Tres siglos después, el presidente francés sigue recurriendo al suntuoso palacio como herramienta diplomática para deslumbrar a sus invitados.

El presidente estadounidense será recibido con alfombra roja, visita a la Galería de los Espejos, fuegos artificiales y una cena organizada con motivo del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos.

Trump confirmó que aceptó encantado la invitación porque le gustan ‘los lugares que son bellos y maravillosos’. Y añadió una frase que resume bastante bien el espíritu de la velada: ‘Versalles no es chapado en oro, es oro de verdad’.

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Macron conoce bien la fascinación del mandatario estadounidense por el lujo, la grandiosidad y la pompa monárquica. Ya en 2017 organizó allí su primer encuentro oficial con Trump y, nueve años después, vuelve a recurrir al mismo escenario, convencido de que el antiguo palacio real sigue siendo uno de los instrumentos diplomáticos más eficaces de Francia.

Luis XIV levantó Versalles para convertirlo en una gigantesca puesta en escena de su poder, diseñada para impresionar a embajadores, reyes y príncipes extranjeros, incluso antes de comenzar las conversaciones.

  • El historiador Fabien Oppermann, especialista en los usos políticos del palacio, considera que Macron ha recuperado plenamente esa tradición. En declaraciones a Le Monde, sostiene que el presidente francés ha convertido Versalles en “un verdadero anexo diplomático del Elíseo”.

Antes que Trump, pasó por sus salones el presidente ruso, Vladímir Putin, recibido en mayo de 2017, cuando Rusia ya se había anexionado Crimea, pero todavía no había lanzado la invasión de Ucrania. También fueron recibidos en Versalles el emperador japonés Naruhito y el rey Carlos III del Reino Unido.

Aunque parezca una paradoja, la República nacida de la Revolución Francesa sigue recurriendo al mayor símbolo de la monarquía absoluta cuando quiere exhibir la mejor imagen del país.

La estrategia, sin embargo, viene de lejos. Charles de Gaulle recibió allí a John F. Kennedy y a Jackie Kennedy. Después desfilaron por Versalles dirigentes tan distintos como el sah de Irán, Leonid Brézhnev, Muamar Gadafi o Xi Jinping.

Democracias consolidadas y regímenes autoritarios han compartido el mismo recorrido bajo los techos pintados y los espejos del antiguo palacio de los Borbones. Versalles funciona así como una poderosa tarjeta de presentación de Francia, un instrumento de poder blando que busca transmitir influencia sin necesidad de levantar la voz.

El Gobierno francés reivindica sin complejos ese uso del antiguo palacio real. La ministra delegada de las Fuerzas Armadas, Alice Rufo, defendió esta semana que ‘Versalles es una herramienta diplomática de primer orden’.

Macron también ha defendido la invitación. Ha insistido en que la cena conmemora los 250 años de la independencia estadounidense, un proceso en el que Francia desempeñó un papel decisivo, y recordó que fue precisamente en Versalles donde se firmó en 1783 el tratado que puso fin a la guerra.

Las críticas no se han hecho esperar. El politólogo Romuald Sciora considera que invitar a Trump a Versalles es «forzar un poco las cosas» y cree que el presidente francés ha puesto en marcha una auténtica «operación de seducción» a su homólogo estadounidense.

La dirigente de La Francia Insumisa, Mathilde Panot, fue todavía más dura. Criticó que Macron despliegue semejante fasto para recibir a un presidente al que califica de «supremacista» y cuestionó que se le rindieran honores en un lugar con tanta carga simbólica.

La discusión acompaña a Versalles desde hace décadas. François Mitterrand ya fue acusado de exceso cuando organizó allí la cumbre del G7 de 1982, apenas un año después de llegar al poder con un programa socialista.

  • Pero Macron parece convencido de que el viejo palacio sigue siendo una de las mejores cartas de Francia. Más de tres siglos después de que Luis XIV lo concibiera como el gran teatro de su poder, Versalles continúa sirviendo para el mismo propósito: impresionar al visitante.
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