Cada 5 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. En República Dominicana, como en muchos países, la fecha se llena de mensajes institucionales, jornadas de reforestación, charlas, publicaciones en redes, limpiezas, llamados a la conciencia y fotografías sembrando árboles. Todo eso tiene valor. Pero también nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos actuando por convicción, por calendario o por compromiso real con el futuro?
En los últimos años, el país ha mostrado señales importantes. Se han anunciado planes de reforestación, se ha hablado de restauración de cuencas, se han realizado jornadas de siembra, se ha avanzado en la digitalización de servicios ambientales, se han impulsado acciones vinculadas a residuos sólidos, educación ambiental y fortalecimiento institucional. También se ha reportado la siembra de millones de árboles y la capacitación de docentes para llevar la conciencia ambiental a las aulas.
Pero el medio ambiente no se salva con actos simbólicos. Se protege con seguimiento, presupuesto, indicadores, institucionalidad, educación permanente y ciudadanía activa.
Porque sembrar árboles es necesario, pero no suficiente. Hay que saber dónde se sembraron, qué especies se utilizaron, cuántos sobrevivieron, quién les da mantenimiento y qué impacto real tuvieron en las cuencas, en la biodiversidad y en las comunidades. Una jornada de reforestación sin trazabilidad puede terminar siendo una foto bonita con poca transformación.
Lo mismo ocurre con los residuos. Tenemos una Ley de Gestión Integral y Coprocesamiento de Residuos Sólidos que abrió una ruta importante, pero todavía la ciudadanía sigue conviviendo con vertederos, falta de separación en origen, poca cultura de reciclaje, limitada infraestructura y una débil articulación entre hogares, empresas, ayuntamientos, gestores ambientales y consumidores. En un país insular, turístico, vulnerable al cambio climático y dependiente de sus costas, manejar mal los residuos no es solo un problema de limpieza: es un problema económico, sanitario, ambiental y ético.
El 5 de junio debería servirnos para revisar si estamos construyendo un verdadero sistema ambiental o si seguimos respondiendo con acciones aisladas. República Dominicana necesita pasar de la celebración a la gestión. De la campaña al hábito. Del discurso verde a la gobernanza ambiental.
También hay que reconocer el papel de la sociedad civil. En diferentes momentos, organizaciones ambientales, comunidades, universidades y ciudadanos han salido a reclamar protección de cuencas, defensa del agua, transición energética, control de proyectos contaminantes y mayor transparencia. Esa voz no debe verse como molestia, sino como parte esencial de un Estado que cuida. Una democracia ambiental madura escucha, responde y permite que la ciudadanía participe en las decisiones que afectan su territorio.
La educación ambiental, por su parte, no puede limitarse a una charla en junio. Debe estar en la escuela, en la familia, en la empresa, en el barrio, en el colmado, en la playa, en el transporte y en la forma en que consumimos. No basta enseñar a los niños a “amar la naturaleza” si los adultos seguimos normalizando tirar basura, desperdiciar agua, quemar residuos, invadir áreas protegidas o mirar hacia otro lado cuando se destruye un ecosistema.
El país ha actuado, sí. Pero todavía falta actuar mejor.
Falta medir más. Falta transparentar más. Falta educar más. Falta coordinar más. Falta que los municipios sean protagonistas reales. Falta que las empresas asuman responsabilidad extendida y no solo campañas de imagen. Falta que los hogares tengan opciones claras para separar residuos. Falta que los gestores ambientales sean fortalecidos como aliados estratégicos. Falta que la innovación, la tecnología y los datos se pongan al servicio de la sostenibilidad.
El Día Mundial del Medio Ambiente no debería ser una fecha para felicitarnos, sino para preguntarnos qué hemos hecho, qué no hemos hecho y qué estamos dispuestos a cambiar.
Porque el ambiente no es un tema decorativo. Es agua. Es salud. Es comida. Es energía. Es economía. Es territorio. Es justicia social. Es calidad de vida. Es futuro.
República Dominicana tiene una oportunidad enorme: convertir su vulnerabilidad climática en liderazgo ambiental caribeño. Pero para eso necesitamos menos improvisación y más sistemas; menos discursos y más indicadores; menos fotos y más corresponsabilidad.
El 5 de junio debe recordarnos que cuidar el medio ambiente no es tarea de un ministerio, ni de una ONG, ni de un grupo de ambientalistas. Es una responsabilidad compartida entre Estado, empresas, academia, comunidades y ciudadanía.
Y quizás ahí está el verdadero cambio: entender que no se trata solo de sembrar árboles, recoger basura o publicar un mensaje verde. Se trata de sembrar conciencia, recoger indiferencias y publicar resultados.
Porque el medio ambiente no necesita que lo celebremos un día. Necesita que lo respetemos todos los días.