Carlos Marx, acaso desconocido por las presentes generaciones, fue probablemente el pensador más aclamado del siglo pasado.

Como muchos otros judíos, no solo rechazaba a Cristo y su doctrina, sino que de alguna manera fue víctima, él o su familia, de la persecución de agrupaciones cristianas de varios tipos. Y como otros intelectuales del mismo origen, aprendió a evadir dicha persecución declarándose ateo, o agnóstico como Espinoza y Einstein.

Que se sepa, los ateos, y los agnósticos, per se, nunca han sido amenaza seria para los poderosos, especialmente porque no forman una agrupación, ni una doctrina ni un movimiento. Y lo más probable es que nunca lo harían, porque realmente nunca propusieron nada subversivo del orden existente hasta que hicieron conexión con el ateísmo, precisamente, denunciando la corrupción y la mentira en las élites gobernantes y su manipulación de la religión para someter y explotar a los pobres.

Lo cual estuvo presente en todas las formas de gobierno del pasado; no así en nuestros tiempos, en los que la promoción de formas de corrupción mercadeables a través de medios también corruptos y generalmente manipulados por grupos dominantes, hacen innecesario o ineficaz cualquier intento o idea subversiva.

Mientras permanecía sin asociarse a la política subversiva, el ateísmo, como ahora el agnosticismo, (y su pariente pobre, la ignorancia) nunca fueron de interés para los grupos dominantes, los cuales, hasta el éxito alcanzado por el marxismo, nunca antes llegaron a ser vistos más que como una versión más del intelectualismo bohemio con sede en París.

Pero la revolución de los bolcheviques, a principios del siglo pasado, cambio el tema de la política, la religión, la corrupción y la opresión, y otros muchos, incluidos el arte y el andar a pie.

Lo que posiblemente nunca imaginó Marx fue que su proyecto socialista y liberador iba a ser destruido por las medias de nylon, o que sus jóvenes serían contagiados de consumismo a través de bombardeos de juguetes y por catálogos de grandes tiendas, de esas que hoy día y a través de medios infinitamente más eficaces, impiden la emergencia de todo pensamiento y proyecto serios, que pudiesen dirigir a las nuevas generaciones jóvenes a revelarse contra la corrupción y el desorden moral y administrativo que destruyen el sistema institucional y el mundo espiritual de Occidente y el resto del planeta.

Si el mundo estuvo alguna vez cerca del nihilismo, de la discontinuidad y el caos espiritual e ideacional, es precisamente ahora, en este tiempo.

Con la triste agravante de que el existencialismo que proponía Sartre y otros socialistas europeos, ha degenerado en su contrario filosófico: el sensualismo y el epicureísmo vulgar en su más prosaica versión: el consumismo.

Dentro de este panorama ideacional, la corrupción administrativa asocia, a la franca, a grupos de poder económico tradicionales, del narcotráfico, y del partidismo oportunista; conformándose entre estos una sola maquinaria de dominación, explotación. Pero muy amena y divertida donde todos tienen oportunidad de acceder.

Por cierto, se trata de una corrupción totalmente democrática.

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