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La diáspora dominicana merece eso y más

Millizen Uribe

Si algo he aprendido de los migrantes dominicanos es que pasan décadas fuera del país, pero rara vez dejan de pensar en regresar. Tal vez por eso hay un sueño que se repite una y otra vez entre quienes emigran: tener un techo propio en República Dominicana. No importa si viven en Madrid, Nueva York o Milán. Para muchos dominicanos, trabajar lejos sigue teniendo un propósito profundamente emocional: construir algo en su tierra.

Porque para nuestros migrantes, comprar una vivienda en República Dominicana no suele ser solo una inversión inmobiliaria. Es estabilidad. Es tranquilidad. Es la posibilidad de dejarle un legado a los hijos. Es la certeza de que, aunque la vida los haya llevado lejos, todavía existe un lugar al que pertenecen.

Por eso iniciativas como las ferias inmobiliarias organizadas por Banreservas en Madrid y Nueva York tienen un valor que va más allá de las tasas preferenciales o los préstamos hipotecarios. Representan un reconocimiento a una diáspora que continúa apostando por el país aun desde la distancia.

Durante la Segunda Feria Inmobiliaria Banreservas 2026 en Madrid quedó evidenciado el enorme interés de los dominicanos residentes en Europa por invertir en República Dominicana. Los resultados preliminares hablan por sí solos: las preaprobaciones ascendieron a RD$3,798 millones, lo que representa un incremento de 111 % respecto a la edición anterior. Además, el evento registró RD$2,240 millones en préstamos interinos destinados al desarrollo de proyectos habitacionales y un crecimiento de 32 % en la participación de clientes.

El presidente ejecutivo de Banreservas, Leonardo Aguilera, destacó durante la inauguración que el acceso a una vivienda propia continúa siendo una de las principales aspiraciones de los dominicanos residentes en el exterior y reafirmó el compromiso de la entidad de seguir acercando oportunidades de inversión y financiamiento a la diáspora.

Pero más allá de las cifras, hay un dato profundamente humano. Según explicó Henry Ogando, director senior internacional de las oficinas de representación de Banreservas, muchas de las propiedades adquiridas ya están concluidas, lo que permitirá una entrega más rápida a las familias.

Estamos hablando de 570 familias que ya tienen o tendrán una llave en su mano. Y ahí está realmente el corazón de esta historia.

Detrás de cada preaprobación hay jornadas dobles de trabajo, años de sacrificio, madres enviando remesas, padres soñando con regresar y jóvenes que, aun naciendo o creciendo fuera del país, mantienen vivo el vínculo con República Dominicana.

La diáspora dominicana no solo aporta económicamente. Aporta emocionalmente, culturalmente y socialmente. Mantiene vivas nuestras tradiciones, impulsa negocios, fortalece comunidades y proyecta el nombre del país en distintas partes del mundo. Sin embargo, durante mucho tiempo el Estado dominicano ha mirado a sus emigrantes únicamente como remitentes de remesas.

Y las cifras son contundentes. Solo en 2025, República Dominicana recibió más de US$11,866 millones en remesas, según datos del Banco Central. Detrás de esos millones existe una inmensa red de sacrificio humano que sostiene hogares, dinamiza la economía nacional y contribuye de manera decisiva a la estabilidad financiera del país.

Pero la diáspora merece mucho más que agradecimientos simbólicos. Merece una estrategia nacional.

Merece políticas públicas integrales que faciliten la inversión, el acceso a viviendas, la creación de negocios, los trámites consulares, la educación financiera y el fortalecimiento del vínculo cultural de las nuevas generaciones nacidas fuera del país.

La conexión de la diáspora con República Dominicana no puede depender únicamente de esfuerzos aislados del sector financiero. Debe convertirse en una prioridad permanente del Estado dominicano.

Porque cuando un dominicano residente en Madrid, Nueva York o Milán decide invertir en una vivienda en República Dominicana, no solo está comprando un inmueble. Está reafirmando su sentido de pertenencia. Está diciendo que, aun lejos, sigue apostando por su tierra.

Y un país que recibe tanto amor, tanto esfuerzo y tanto compromiso de su gente en el exterior tiene la obligación moral de corresponderle.

La diáspora dominicana merece eso y mucho más.

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