A diario caemos en el error de evadir nuestras responsabilidades. Adoptar una actitud de indiferencia ante ellas revela nuestro carácter.
Nos hemos acostumbrado a ignorar los problemas, a darles la espalda y pensar que no son tan importantes. Sin embargo, debemos entender que a nuestro alrededor hay personas que necesitan de nosotros, que claman por atención y ayuda.
Hogares, matrimonios y familias se deterioran cada día porque muchos prefieren evadir su realidad en lugar de enfrentarla. Hay hijos que necesitan amor, comprensión y apoyo; esposos y esposas que necesitan atención, afecto y pequeños detalles que les recuerden cuánto valen. Cada uno de ellos merece ser escuchado, atendido y cuidado.
Expresiones como «yo no sabía» o «ahora me entero» no deberían convertirse en excusas para justificar nuestra falta de compromiso. No podemos esperar a que una situación llegue a su punto crítico para reaccionar. El amor verdadero nos lleva a estar atentos y asumir nuestra responsabilidad.
Comprometámonos delante de Dios y luego con quienes él ha puesto a nuestro cuidado. Cuando asumimos nuestras responsabilidades como un acto de obediencia al Señor, él nos da la disposición, la sabiduría y el valor para actuar.
No evadamos aquello que Dios nos ha llamado a hacer. Seamos valientes para enfrentar los problemas y reconocer las necesidades y responsables para hacer lo que nos corresponde.