Esa tarde, casi a prima noche, en la terraza de una residencia, en Montaña Negra, durante una recepción diplomática, vi de nuevo al señor Huang.

Estaba como petrificado, al lado de las ramitas de bambú, debajo de las uvas que arropaban la pérgola.

Desde la montaña se veían pequeñas colinas, cubiertas de cocoteros y framboyanes de flores rojas, que descendían hasta el valle. A esa hora se observaban las sombras de las nubes, como si se tratara de las proyecciones de gigantes sombrillas.

Y el señor Huang estaba ahí, observando la naturaleza, como si quisiera volar de repente y llegar hasta la bahía y tomar uno de los barcos que se divisaban a lo lejos, para volver a su tierra de Oriente.

La concurrencia apenas se percataba de su presencia, porque en su quietud el señor Huang tal vez quería pasar desapercibido. Estaba ausente, cautivo en su pesadumbre.

Lo recordaba con su sonrisa despampanante de otro tiempo, con su modo afable y su español dominicano, machacado, y pimentado con chistes quisqueyanos, cuando llegó por estos lares trabajando en una institución internacional que realizaba obras de cooperación. Me había regalado unas plantas de bambú que traje a mi comunidad natal y las sembré en el patio de la casa de mi madre.

Ahora, el señor Huang no era el mismo, y creo que no lo sería jamás. Su pena era tan profunda que parecía que no encontraría consuelo en estas tierras tropicales.

La pena del señor Huang me transportó a la historia antigua, cuando el emperador Marco Aurelio lloró desconsoladamente en plena audiencia al enterarse de la muerte de uno de sus hijos pequeños.

Lloró también de tristeza el rey Príamo ante la muerte de Héctor a manos de Aquiles, y luego imploró para que le devolvieran el cadáver de su hijo.

Como Cicerón, a quien una sombra de pena cubrió el alma y lloró de melancolía y dolor, tras la muerte de su hija Tulia, el señor Huang parecía no querer estar más en este mundo.

Yo estaba allí y no tenía palabras para calmar su dolor, su angustia, su pena, marcada por la soledad y el desaliento.

Unos meses atrás el señor Huang llegó agitado donde yo estaba en las labores de rescate, tras el terremoto que un día antes había sacudido el oeste de la isla.

Tenía en las manos la fotografía de una niña de dos años. En el rostro de la niña se observaba esa sonrisita oriental, con sus pómulos pronunciados y sus ojitos como los del pobre señor Huang.

Al mostrarme la foto me preguntó si una señora se habría refugiado en la Embajada dominicana con esa niña. Le dije que no la había visto llegar, y el señor Huang lanzó un largo suspiro de desaliento y salió de prisa con rumbo desconocido.

Ahora volvía a ver al señor Huang con esa tristeza. Me le iba a acercar cuando un compatriota suyo me dijo: “señol Huang mucho tliteza, su niña muliendo en telemoto. Nosotros encontrando cadavel debajo escombros”.

Entonces, me brotaron dos lágrimas. Lloré por los niños de este mundo que mueren por los accidentes, por las guerras y las violencias.

Jamás he vuelto a saber del señor Huang. No sé si habrá volado hacia el lejano Oriente en busca del consuelo que lo saque de la penumbra.

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