Durante generaciones, las escuelas se construyeron sobre una premisa bastante razonable: el mundo al que los estudiantes entrarían como adultos se parecería, en cierta medida, al que habían conocido sus padres. Esa premisa es cada vez más difícil de sostener. La inteligencia artificial está cambiando nuestra forma de trabajar, comunicarnos, buscar información y resolver problemas. Algunos empleos desaparecerán, otros cambiarán hasta volverse casi irreconocibles y surgirán profesiones completamente nuevas. Sin embargo, buena parte del sistema educativo sigue funcionando bajo una fórmula conocida: estudiantes de la misma edad sentados en un mismo salón de clases, avanzando al mismo ritmo, siguiendo el mismo currículo, tomando los mismos exámenes y siendo evaluados mediante la misma escala de calificaciones. Creo que debemos replantearnos ese modelo. Si no podemos predecir el mundo que enfrentarán los estudiantes dentro de veinte o treinta años, la educación debería prepararlos para adaptarse a él.

Los resultados más recientes del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA) de la OCDE hacen que esta discusión sea particularmente urgente. PISA 2025 evaluó a más de 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países y economías. Entre los países de la OCDE, el desempeño promedio en lectura cayó 28 puntos entre 2015 y 2025, al pasar de 489 a 461, una disminución equivalente aproximadamente a un año y medio de aprendizaje. En matemáticas, la puntuación descendió 22 puntos, de 485 a 463, lo que representa algo más de un año de aprendizaje. Las ciencias mostraron mayor resiliencia, aunque también registraron una caída de 7 puntos, de 489 a 482. Aún más preocupante es que el 20 % de los estudiantes de 15 años en los países de la OCDE presenta actualmente un bajo desempeño en las tres materias.

Estas cifras deberían preocuparnos. Precisamente cuando les estamos pidiendo a los jóvenes que se preparen para desenvolverse en un mundo tecnológicamente más complejo, su dominio de algunas de las herramientas intelectuales más básicas se está debilitando. Existe la tentación de pensar que la inteligencia artificial resta importancia al conocimiento tradicional porque ahora podemos acceder a la información de manera instantánea. Yo pienso exactamente lo contrario. La IA puede generar una respuesta en segundos, pero, sin una base sólida en lectura, matemáticas y ciencias, ¿cómo sabrá un estudiante si esa respuesta tiene sentido? Tener acceso a la información no significa comprenderla. Cuanta más información pone la tecnología a nuestro alcance, mayor capacidad de análisis necesitamos para interpretarla.

Esta idea también aparece en la lectura sobre la educación en el siglo XXI. Durante mucho tiempo, las escuelas se concentraron en transmitir información porque esta era relativamente escasa. Hoy tenemos el problema contrario. Los estudiantes están rodeados de noticias, opiniones, videos, redes sociales, publicidad, desinformación y, cada vez más, contenido generado por inteligencia artificial. El desafío ya no consiste simplemente en encontrar información, sino en saber qué merece nuestra atención, qué debemos cuestionar y en qué podemos confiar. La educación, por tanto, no puede limitarse a llenar la memoria de los estudiantes con datos. También debe desarrollar el criterio necesario para interpretarlos.

Esta es una de las razones por las que considero que el futuro de la educación debe ser personalizado. Los estudiantes son diferentes, pero las escuelas suelen comportarse como si no lo fueran. Un niño puede comprender álgebra casi inmediatamente y tener dificultades con la escritura; otro puede ser un excelente lector y necesitar mucho más tiempo para dominar las matemáticas. ¿Por qué ambos deberían avanzar en cada asignatura exactamente al mismo ritmo? La tecnología, y particularmente la inteligencia artificial, nos ofrece la posibilidad de cambiar esta realidad. Un estudiante que ya domina un concepto debería poder avanzar. Quien todavía no lo comprenda debería recibir más tiempo y apoyo, en lugar de pasar al siguiente tema simplemente porque el calendario académico así lo establece.

Los profesores seguirían ocupando un lugar central en este sistema, aunque su función cambiaría. No veo a la inteligencia artificial sustituyendo a los maestros. Si la tecnología puede encargarse de algunas tareas rutinarias, detectar deficiencias en el aprendizaje y proporcionar ejercicios adaptados a las necesidades de cada estudiante, los docentes podrían dedicar más tiempo a aquello que las máquinas difícilmente pueden hacer: motivar, reconocer cuándo un estudiante está confundido, cuestionar sus ideas, despertar su curiosidad y ayudarlo a desarrollar un criterio propio. La educación siempre ha tenido una dimensión humana. Ningún algoritmo puede sustituir por completo la influencia de un buen profesor que sabe cuándo un estudiante necesita ser exigido, motivado o simplemente escuchado.

La personalización tampoco debería significar colocar a los niños solos frente a una computadora. Algunas de las habilidades más importantes son, por naturaleza, sociales. Los estudiantes necesitan debatir, colaborar, aprender a discrepar con respeto, comunicar sus ideas y trabajar con personas que piensan de manera diferente. La lectura destaca la importancia del pensamiento crítico, la comunicación, la colaboración y la creatividad, además de la capacidad para afrontar el cambio y continuar aprendiendo. Una educación moderna debería combinar la enseñanza individualizada con proyectos grupales, escritura, oratoria, experimentación y resolución de problemas reales. Yo añadiría a esa formación la educación financiera y la alfabetización digital. En la era de la inteligencia artificial, los estudiantes también deben aprender cuándo utilizar la tecnología y, quizás más importante aún, cuándo dejarla a un lado y pensar por sí mismos.

También deberíamos reconsiderar el sistema de calificaciones. En algún momento, las notas dejaron de ser una herramienta para medir el aprendizaje y se convirtieron en el objetivo mismo de la educación. Los estudiantes se preocupan por obtener una A, mantener un buen promedio académico o averiguar qué aparecerá en el examen. Nada de esto garantiza que realmente comprendan lo que están estudiando. A veces, los incentivos incluso funcionan en contra del aprendizaje. Un estudiante puede evitar una asignatura difícil porque una calificación más baja podría perjudicar su promedio. Otro puede memorizar suficiente información para obtener una A y olvidar casi todo pocas semanas después.

Un sistema basado en el dominio de competencias tendría mucho más sentido. Si un estudiante no comprende las fracciones, darle una C y enviarlo directamente a estudiar álgebra no resuelve nada. La dificultad permanece y probablemente se convierta en un problema mayor más adelante. ¿Por qué no ofrecerle instrucción adicional, explicarle el concepto de otra manera y permitirle intentarlo nuevamente? La pregunta importante debería ser si finalmente comprendió las fracciones, no si necesitó uno o tres intentos. En un sistema de este tipo, equivocarse sería una parte natural del aprendizaje y no algo que los estudiantes aprendan a temer.

El calendario escolar tampoco debería escapar a esta revisión. Nunca he entendido por qué seguimos considerando necesaria una vacación de verano de dos meses. Por supuesto que los niños necesitan descansar. Necesitan compartir con sus familias, viajar, practicar deportes y tener días en los que simplemente no hagan nada. Pero dos meses me parece excesivo. El calendario escolar actual se desarrolló bajo condiciones sociales y económicas muy distintas de las del siglo XXI. Sería más razonable distribuir períodos de descanso más cortos a lo largo del año y limitar las vacaciones más largas a aproximadamente dos semanas. Las interrupciones prolongadas rompen el ritmo académico. Los estudiantes olvidan parte de lo aprendido, los profesores tienen que dedicar tiempo a repasar contenidos anteriores y el proceso de aprendizaje pierde continuidad. Descansar es importante, pero mantener esa continuidad también lo es.

Detrás de todos estos cambios existe una pregunta más profunda: ¿para qué estamos preparando realmente a los estudiantes? La antigua idea de que dedicamos la primera parte de nuestra vida a aprender y el resto a utilizar lo aprendido se está volviendo obsoleta. La lectura cuestiona precisamente esta separación y plantea que la aceleración del cambio puede obligarnos a aprender nuevas habilidades y reinventarnos varias veces a lo largo de nuestra vida adulta. Un niño que comienza la escuela hoy podría terminar trabajando en varias profesiones, algunas de las cuales todavía no existen. Las habilidades que sean valiosas a los veinticinco años podrían haber perdido relevancia a los cuarenta. Aprender ya no puede ser algo que terminamos antes de comenzar nuestra carrera profesional.

Los resultados de PISA deberían verse, entonces, como algo más que otro conjunto de cifras decepcionantes. Una caída de 28 puntos en lectura, 22 en matemáticas y 7 en ciencias en una década constituye una señal de advertencia. Pero la respuesta no puede consistir simplemente en asignar más tareas, realizar más exámenes estandarizados o dedicar más horas a memorizar información. Necesitamos bases académicas sólidas acompañadas de una filosofía educativa diferente: aprendizaje personalizado, dominio de competencias en lugar de una obsesión con las calificaciones, un calendario escolar que favorezca la continuidad y un mayor énfasis en el criterio, la capacidad de adaptación, la comunicación y el pensamiento independiente.

No sabemos cómo será la economía en 2050. Ese es precisamente el punto. El propósito de la educación no debería ser adivinar correctamente el futuro, sino preparar a los jóvenes para la posibilidad de que buena parte de lo que saben —e incluso las profesiones para las que inicialmente se preparen— cambie. Una buena educación no es aquella que proporciona a los estudiantes todas las respuestas que necesitarán durante su vida. Es aquella que les proporciona los conocimientos fundamentales, la curiosidad, el criterio y la confianza necesarios para saber qué hacer cuando se encuentren frente a una pregunta cuya respuesta todavía desconocen.

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